Nueva Escuela Lacaniana cf – Ciudad de México

Una práctica del analista de la escuela

Testimonio de pase de Anna Aromí Folch
Rosana Fautsch

"El sonido nunca se emancipa del todo de un movimiento del cuerpo que lo provoca y que él amplifica"
Pascal Quignard

En un día como hoy, 9 de octubre, hace 47 años Lacan elabora su proposición sobre el psicoanalista de la Escuela, tres años después del Acto de Fundación. En la proposición Lacan escribe: «[…] es pues a un grupo para el cual mi enseñanza era lo bastante valiosa, incluso lo bastante esencial […] es a ese grupo preocupado por una salida al que le ofrecí la fundación de la Escuela […] con esta elección decisiva para quienes están aquí […] Puede haber allí una apuesta que, para algunos, valga hasta el punto de serles esencial, y es mi enseñanza»[1]. Es también en este escrito que Lacan propone que los AE testimonien ¿sobre qué? Sobre los problemas cruciales en los puntos vivos en que se encuentran para el análisis, en tanto ellos mismos están en la tarea, o al menos en la brecha de resolverlos[2]. Hoy el pase no es lo mismo que en aquellos años, cada ruptura de la enseñanza de Lacan y de la orientación de J.-A. Miller con respecto al pase pone en grandes aprietos a sus protagonistas, los confronta con lo aceptado.

No hay pase sin Escuela. Anna Aromí Folch dio su testimonio en México, en palabras de J.-A. Miller, «la más pura aspiración lacaniana, la del pase»[3]. Entre otras consecuencias, el pase como transformación de la Escuela y como Witz que alcance a los no iniciados. Tres años en ejercicio de un AE. Lacan anticipaba la frescura de la experiencia como el antídoto de la rutina y el olvido subrayando que la transmisión no puede hacerse esperar: tras el pase, el testimonio.

 

2. ¿Cómo escuchamos un testimonio de pase?

«Escuchar es ser tocado a distancia. El ritmo está vinculado con la vibración, y por eso la música convierte involuntariamente íntimos unos cuerpos yuxtapuestos»[4]. Resonancias, una experiencia sonora que toca el cuerpo de los oyentes, de la audiencia. Anna Aromí recortó unos cuantos significantes de su hystoria que parecían en su estructura hacer hablar el acontecimiento del cuerpo. Esos significantes que quedaban solos, desgarrados en su silencio, que abandonan las cadenas de sentido, perforados, infiltrados en los intersticios que topaban con el ombligo del sueño, sueños en plural que resistían a la palabra: restos. Un trozo de lectura: se resuelve a que sustituye en la cadena alienante del Ni-ni a Nana, donde queda aislada la letra N que emplaza para fijar su nombre a lo femenino, con las marcas propias de su hystoria: Ni-ni, Nana: Anna.

 

3. Anatomía de un despertar

Anna Aromí como AE no habló frente a nosotros como analizante. El AE es un analizado, pasado participio, tal como lo indica J.-A Miller en El lugar y el lazo. Ni analizante ni consagrado. «Si se quiere, calificar como analistas al analizado es un Witz, es un chiste de ruptura. Allí se consuma la ruptura con respecto del modo de admisión tradicional de las sociedades analíticas»[5]. Más bien, un interpretado, si puede decirse así, una interpretación que ha dado la Escuela. Conviene para los que escuchamos saber que no es una singularidad afamada que se sustente en lo que segrega. Nada más lejos del AE. Cada singularidad del AE hace avanzar la Escuela, la transforma: esforzarnos por extraer esas enseñanzas y amplificar sus resonancias.

Anna Aromí nos transmitió que el fin de análisis no cierra, es más bien encontrar una salida luego de vueltas y vueltas en círculo que dibuja el trayecto pulsional, ya con los significantes aislados, drenados de su mortificación, acogiendo el pase que extrajo el objeto de su análisis. Ni el final ni el testimonio cierran, ya no cierra porque el AE no desconoce lo real. Con el pase, elige un lazo a la Escuela. Y se extraen enseñanzas de eso que no cierra, en los puntos que eso desfallece.

Por primera vez escuchábamos un testimonio en nuestra Escuela, me conmocionó, un knocked, knocked de la puerta que hace un sueño para entrever lo que está en juego en el pase.

NOTAS

  1. Lacan, Jacques, «Proposición del 9 de octubre de 1967 en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós 2012. P.263
  2. Ibid., p.262
  3. Miller, Jacques-Alain, El lugar y el lazo, Buenos Aires, Paidós 2013.
  4. Ibid.,p.68
  5. Miller, Jacques Alain, El lugar y el lazo, Buenos Aires, Paidós, 2013., p.369

Fecha: 09/10/2014

 

IV JORNADAS DE LA NEL-cf CDMX:
PRESENCIAS DEL ANALISTA TEXTO DE ORIENTACIÓN
EJE: Presencias… en la ciudad y la época

Un despertar

¿Cuál podría ser la incidencia política un poco más allá de esta presentación negativa?

Tal vez cierto efecto de despertar. Un despertar respecto de aquello de lo que en

definitiva se trata en los ideales sociales: del goce y de la distribución del plus-de-gozar.

 (Jacques-Alain Miler)

Desde hace tiempo los analistas hemos afrontado el desafío ético de hacer a un lado la rutina del consultorio y asumir una presencia en los dispositivos comprometidos con la salud mental en nuestras ciudades, así como en los debates públicos con el Otro social. En este aspecto, no cabe desconocer que, más allá de la vigencia del discurso del analista y sus consecuencias prácticas, en una perspectiva más amplia, se trata del consentimiento a la convocatoria de Lacan de alcanzar “una incidencia política donde el psicoanalista tendría su lugar si fuese capaz de ello”[1]. Por supuesto, para estar a la altura de la época, ello exige al deseo del analista el miramiento por los síntomas de la actualidad, los impases en lo social, y el aggiornamiento permanente respecto de los discursos emergentes que se imponen al compás de cada tiempo.

Ahora bien, ¿De qué presencia se trata?, ¿Cómo pensar esa presencia?

Más allá del analista causa del trabajo del sujeto supuesto saber, correspondiente a la dimensión transferencial del inconsciente, encontramos una clara orientación en el Capítulo X del Seminario 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Allí Lacan nos advierte sobre la presencia del analista, primordialmente, como una manifestación del inconsciente. Y es sólo desde ahí como tiene lugar su presencia real, más allá del par imaginario del a-a´, desidealizando, a su vez, la figura y la persona del analista, para reducir su función a la de un resto, “un resto fecundo” –en tanto una presencia muy particular que se pone en juego solamente en el arte de escuchar del analista. “El arte de escuchar casi equivale al del bien decir”[2].

Como vemos, ello no será ciertamente exclusivo de la experiencia analítica. Esta función estará activa en todos los vínculos donde se trata de la relación del sujeto con el saber y el goce. “Se trata en estos vínculos siempre de una relación transferencial encarnada en la persona que se supone agente de la acción, pero esa atribución de saber a la persona deja en realidad encubierta la relación del sujeto con el saber de su propio inconsciente, verdadero agente del vínculo”[3]. En la medida en que el analista con su acto recuerde la banalidad del sentido de las palabras, opere como el dedo elevado de San Juan tal como Lacan evoca en “La dirección de la cura”, señalando cómo somos hablados, que la referencia del lenguaje no existe, hará presente la perspectiva de lo real más allá de la realidad.

En este sentido, la ironía sirve muy bien a la posición del analista a la hora de perturbar los ideales sociales y revelar su naturaleza de semblantes respecto a un real que sería del goce. “Está más bien, como Sócrates, para hacer temblar, para hacer vacilar los ideales, a veces simplemente poniéndolos entre comillas, quebrando un poco los significantes-amo de la ciudad”[4]. Sin embargo, por otro lado, Lacan nos enseñó que los ideales son semblantes, arbitrarios, pero que esos semblantes son necesarios. La sociedad se sostiene gracias a sus semblantes, no hay sociedad sin identificaciones. Entonces si, por un lado, es cierto, el padre es un semblante, y, sí, se puede prescindir de él … sin embargo, no hay que olvidar que ¡a condición de saberlo utilizar!

Pensar la presencia del analista como la provocación de un despertar implica, necesariamente, sostener un deseo vivo. Seis años antes de su Seminario 11, en el texto La dirección de la cura y los principios de su poder, paradójicamente, Lacan dará al analista el lugar del muerto, dejando el yo a un lado para que pueda surgir el lugar del Otro para el sujeto, el inconsciente, su verdadera pareja, en el registro de lo simbólico. Es el lugar de la causa de la división del sujeto que Lacan formalizará más adelante con la función del objeto a, presencia irreductible.

Para finalizar, cabe mencionar el concepto de “acción lacaniana” que Jacques-Alain Miller ha propuesto para nombrar en el seno de la Asociación Mundial de Psicoanálisis la política de incidencia en los ámbitos políticos y sociales como el correlato del acto analítico en la sociedad. Si Lacan ha formulado que «No hay clínica del sujeto sin clínica de la civilización» es porque la topología del inconsciente lacaniano –allí donde el analista manifiesta su presencia- resulta, entre un afuera y un adentro, de una extimidad irreductible. ¿Cómo el deseo del analista pudiera, entonces, prescindir de la ciudad y la época?

 

[1] Miller, J.-A., El psicoanálisis, la ciudad y las comunidades.

[2] Lacan, J., El Seminario Libro 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Editorial Paidós, p. 129.

[3] Bassols, M., Presencia del analista, Cuadernos del INES Nro 14, Editorial Grama, p. 99.

[4] Miller, J.-A., El psicoanálisis, la ciudad y las comunidades.