CARTELES

EL CARTEL: órgano de base de la Escuela

El cartel es un dispositivo de trabajo para la formación, que opera al interior de la Escuela con una estructura lógica nodal, de 4+1. El procedimiento para instalarlo es sencillo: por iniciativa personal cuatro integrantes se eligen para realizar un trabajo que debe tener su producto. La conjunción de los cuatro se hace alrededor de un Más-uno (+1), elegido por los cuatro. Este Más-uno si bien puede ser cualquiera, “debe ser alguien” autorizado por la Escuela para ejercer esa función, tendrá a su cargo el “velar por los internos de la empresa y provocar su elaboración”(1). Una vez instalados como cartel, definido el tema común de trabajo que los agrupa y el tema singular (o rasgo) de cada uno, podrá ser inscrito por el Más-uno en la Escuela (en la Sede que corresponda). La duración del mismo será de un año o máximo dos. Los productos, así como las crisis de trabajo que surjan, podrán ser expuestos frente a la comunidad de la Escuela. Aquellos carteles que se interrumpan sin hacer el recorrido podrán igualmente presentar la experiencia vivida, así como los obstáculos encontrados.

1) Se trata de una experiencia…
Si bien el cartel es un grupo, “no todo grupo puede aspirar a cartel”(2). Y es que la pregunta: ¿Qué se puede obtener de nuevo en el saber? ubica un agujero en el centro del cartel, un no-saber que permitirá ordenar, alrededor de él, cualquier elaboración que se haga. Es por ello que, aunque las metas del cartel no son necesariamente ambiciosas, no es sencillo sostener esa experiencia de “no-saber” como causa para el trabajo. Así, “llamarlo cartel no es asegurarse de que lo sea. Hay que hacer la experiencia”(3) Y ¿por qué hacerla? Cada uno debe responderlo “por su cuenta y a su propio riesgo”(4) pero algo puede acotarse: la experiencia es formadora en la medida que es como cartelizantes que se hace lazo con los otros de la Escuela y se produce algo nuevo en el saber. Si en algún punto el cartel puede producir identificación es ahí donde, al igual que los otros, nos encontramos en el esfuerzo por subjetivar ese real del saber, allí donde “prisioneros como somos” nos reconocemos en esa condición. “Cuando en el borde del agujero en el saber, se advierte que no es sin los otros que tengo una chance, lógica”(5)

2) El rasgo: lo singular que hace lazo
Lacan propone la entrada a la Escuela con el trabajo de cartel, por tanto, a partir de un “relieve” singular a cada uno. Este rasgo, atribuido a cada uno de los integrantes y que “consuena con la noción de síntoma”(6) vuelve al cartel absolutamente heterogéneo. Y a la vez es aquello que reúne, que hace lazo(7) en el cartel. El más uno también hace la experiencia a título de un rasgo, pero además tiene otra función: hacer que cada miembro del cartel sostenga el suyo propio(8). Esta función consiste en “anudar” la experiencia, manteniendo abierta la relación al vacío, necesaria para articular el cartel a la Escuela y al discurso analítico. Si este anudamiento se alcanza, lo cual no siempre ocurre, se podrá obtener un “testimonio” del trabajo por parte de sus integrantes(9).

3) Producción y permutación
El cartel cuenta con los materiales que cada cartelizante porta a la entrada de la experiencia, sus marcas, y con el saber que cada uno elabora como “adquirido”. Ahora bien, tal como sucede al final de la experiencia analítica, la producción obtenida lleva la marca de un punto de no saber, de “una opacidad que conviene”(10). Es por ello que siempre queda un resto, el cual empujará a cada uno a reunirse alrededor de una nueva experiencia de cartel. La exposición del producto ante la comunidad analítica resulta esencial, suscita discusión, debate en tanto da cuenta de un “saber no acabado” que se construye con otros. Esta práctica pone en marcha el trabajo de “transferencia de trabajo” en la medida que liga a cada uno con los otros “en un lazo social que no hace masa” y que constituye la verdadera “apuesta del cartel”(11).

Notas:
1 Lacan J., D’Ecolage, 11 de Marzo de 1980, Ornicar?, 1980, nº 20-21, pp. 14-16,
2Tudanca L., “Pasando el cartel”, Cuatro + Uno # 8, EOL, Junio 2016, Bibliografía sobre el cartel.
3 Tarrab M., “En el cartel se puede obtener un camello”, Cuatro + Uno # 8, EOL, Junio 2016, Bibliografía sobre el cartel.
4 Ibíd.
5 Ibíd.
6 Salman S., “Hacer la experiencia”, Cuatro +Uno #2, EOL, Nov 2012.
7 Ibíd.
8 Miller J.-A., “Cinco variaciones sobre el tema de ‘la elaboración provocada’”, Cuatro + Uno # 8, EOL, Junio 2016, Bibliografía sobre el cartel.
9 Salman S., “Hacer la experiencia”, ob.cit.
10 Ibíd.
11 Javier Aramburu, “Los carteles y la Escuela”, Cuatro más Uno # 8, EOL, Junio 2016, Bibliografía sobre el cartel.

Actividades

IV JORNADAS DE LA NEL-cf CDMX:
PRESENCIAS DEL ANALISTA TEXTO DE ORIENTACIÓN
EJE: Presencias… en la ciudad y la época

Un despertar

¿Cuál podría ser la incidencia política un poco más allá de esta presentación negativa?

Tal vez cierto efecto de despertar. Un despertar respecto de aquello de lo que en

definitiva se trata en los ideales sociales: del goce y de la distribución del plus-de-gozar.

 (Jacques-Alain Miler)

Desde hace tiempo los analistas hemos afrontado el desafío ético de hacer a un lado la rutina del consultorio y asumir una presencia en los dispositivos comprometidos con la salud mental en nuestras ciudades, así como en los debates públicos con el Otro social. En este aspecto, no cabe desconocer que, más allá de la vigencia del discurso del analista y sus consecuencias prácticas, en una perspectiva más amplia, se trata del consentimiento a la convocatoria de Lacan de alcanzar “una incidencia política donde el psicoanalista tendría su lugar si fuese capaz de ello”[1]. Por supuesto, para estar a la altura de la época, ello exige al deseo del analista el miramiento por los síntomas de la actualidad, los impases en lo social, y el aggiornamiento permanente respecto de los discursos emergentes que se imponen al compás de cada tiempo.

Ahora bien, ¿De qué presencia se trata?, ¿Cómo pensar esa presencia?

Más allá del analista causa del trabajo del sujeto supuesto saber, correspondiente a la dimensión transferencial del inconsciente, encontramos una clara orientación en el Capítulo X del Seminario 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Allí Lacan nos advierte sobre la presencia del analista, primordialmente, como una manifestación del inconsciente. Y es sólo desde ahí como tiene lugar su presencia real, más allá del par imaginario del a-a´, desidealizando, a su vez, la figura y la persona del analista, para reducir su función a la de un resto, “un resto fecundo” –en tanto una presencia muy particular que se pone en juego solamente en el arte de escuchar del analista. “El arte de escuchar casi equivale al del bien decir”[2].

Como vemos, ello no será ciertamente exclusivo de la experiencia analítica. Esta función estará activa en todos los vínculos donde se trata de la relación del sujeto con el saber y el goce. “Se trata en estos vínculos siempre de una relación transferencial encarnada en la persona que se supone agente de la acción, pero esa atribución de saber a la persona deja en realidad encubierta la relación del sujeto con el saber de su propio inconsciente, verdadero agente del vínculo”[3]. En la medida en que el analista con su acto recuerde la banalidad del sentido de las palabras, opere como el dedo elevado de San Juan tal como Lacan evoca en “La dirección de la cura”, señalando cómo somos hablados, que la referencia del lenguaje no existe, hará presente la perspectiva de lo real más allá de la realidad.

En este sentido, la ironía sirve muy bien a la posición del analista a la hora de perturbar los ideales sociales y revelar su naturaleza de semblantes respecto a un real que sería del goce. “Está más bien, como Sócrates, para hacer temblar, para hacer vacilar los ideales, a veces simplemente poniéndolos entre comillas, quebrando un poco los significantes-amo de la ciudad”[4]. Sin embargo, por otro lado, Lacan nos enseñó que los ideales son semblantes, arbitrarios, pero que esos semblantes son necesarios. La sociedad se sostiene gracias a sus semblantes, no hay sociedad sin identificaciones. Entonces si, por un lado, es cierto, el padre es un semblante, y, sí, se puede prescindir de él … sin embargo, no hay que olvidar que ¡a condición de saberlo utilizar!

Pensar la presencia del analista como la provocación de un despertar implica, necesariamente, sostener un deseo vivo. Seis años antes de su Seminario 11, en el texto La dirección de la cura y los principios de su poder, paradójicamente, Lacan dará al analista el lugar del muerto, dejando el yo a un lado para que pueda surgir el lugar del Otro para el sujeto, el inconsciente, su verdadera pareja, en el registro de lo simbólico. Es el lugar de la causa de la división del sujeto que Lacan formalizará más adelante con la función del objeto a, presencia irreductible.

Para finalizar, cabe mencionar el concepto de “acción lacaniana” que Jacques-Alain Miller ha propuesto para nombrar en el seno de la Asociación Mundial de Psicoanálisis la política de incidencia en los ámbitos políticos y sociales como el correlato del acto analítico en la sociedad. Si Lacan ha formulado que «No hay clínica del sujeto sin clínica de la civilización» es porque la topología del inconsciente lacaniano –allí donde el analista manifiesta su presencia- resulta, entre un afuera y un adentro, de una extimidad irreductible. ¿Cómo el deseo del analista pudiera, entonces, prescindir de la ciudad y la época?

 

[1] Miller, J.-A., El psicoanálisis, la ciudad y las comunidades.

[2] Lacan, J., El Seminario Libro 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Editorial Paidós, p. 129.

[3] Bassols, M., Presencia del analista, Cuadernos del INES Nro 14, Editorial Grama, p. 99.

[4] Miller, J.-A., El psicoanálisis, la ciudad y las comunidades.