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La sexualidad-síntoma en la clínica contemporánea

La sexualidad-síntoma en la clínica contemporánea

Susana Dicker

Para Freud, desde los orígenes, la sexualidad es esencialmente traumática. Incluso sostiene que en la naturaleza misma de la pulsión sexual hay algo desfavorable al logro de la satisfacción plena, en tanto el objeto de la pulsión puede ser cualquiera y, más aún, nunca es el adecuado… porque el originario está perdido para siempre. La idea de un goce en más en ese origen que es la experiencia primaria de satisfacción, nunca es reencontrado pero, por ello mismo, pone en movimiento el deseo «que tiende a recuperar ese más que siempre aparece como menos»… punto de partida de las vicisitudes de la sexualidad en el ser hablante.

Pero la tesis freudiana de la sexualidad habla también de un forzamiento desde el goce autoerótico a la sexualidad concebida como hetero, desde el momento mismo en que se impone para el infans el reconocimiento del Otro, la ley de prohibición del incesto y la vigencia del significante fálico que instala la disimetría fundamental entre los sexos.

Desde el comienzo, para Freud la cuestión del sexo es un tropiezo y alrededor de eso, de lo que concibe como lo traumático de la sexualidad en el ser hablante, irá haciendo elaboraciones que constituyen lo que conocemos como los mitos freudianos. El del Edipo será el constituyente de la subjetivación del sexo a través de la identificación y la elección de objeto. Desde la concepción freudiana, para ambos sexos rige la primacía del falo, pero hay una relación diferente en cada uno, respecto a él. En última instancia, se trata de un solo sexo, el masculino, mientras que lo femenino queda como el misterio, lo ajeno, la alteridad…para ambos sexos. La tan conocida pregunta freudiana por la mujer, ¿qué quiere la mujer? Es una pregunta por el deseo femenino. Sin embargo, las respuestas que irá elaborando la dejan siempre del lado de la mujer fálica. Las tres salidas del Edipo, los tres caminos posibles para la sexualidad femenina, son soluciones fálicas: el complejo de masculinidad y la posibilidad de la salida homosexual; la represión, la neurosis, que Freud ubica más del lado de la histeria, que también implica «hacer de hombre», en tanto la identificación irá por el lado del padre; y, finalmente, la salida que considera «normal», la de la maternidad, la de la ecuación niño=falo. La envidia al pene lleva a la mujer a querer un hijo del padre y luego del sustituto.

Del lado del niño, el descubrimiento de que no es el falo de la madre y, si no lo es, tiene que tenerlo. El resultado: la angustia de castración y la consabida angustia masculina de «tener por tenerlo».

Esto irá modelando los caminos de los encuentros y desencuentros entre los sexos. Pero el antecedente de lo imposible de una complementariedad, ya está esbozado en una organización sexual infantil regida por el falo y disimétrica.

Lacan lo retoma cuando afirma que hay algo que no encaja en la sexualidad humana en tanto el camino de la sexuación pasa por el aparato simbólico y éste, en sí mismo, es fallado. El pasaje por el complejo de Edipo- que no es otro que ese aparato simbólico- instala la castración de goce. Pero ningún sistema simbólico resulta totalmente exitoso y el síntoma es el testimonio del fracaso del esfuerzo del sujeto por incluirse allí. Un punto de real que escapa a ese aparato y que hace imposible la adecuada proporción.

En tanto es fallado hay desencuentro entre los sexos, una hiancia que no logra tramitarse a través del significante. El resultado es la suplencia por el lado del amor o por el lado del síntoma; por el lado de la ilusión amorosa o de la solución sintomática. Sin embargo, veremos cómo- de alguna manera- ambos tipos de suplencia no se excluyen una a otra.

En sus escritos de la primera década, Freud reconoce a las dos grandes estructuras neuróticas, histeria y obsesión, e incluso a la psicosis, como defensas ante lo que en esos momentos llama el trauma. Desde ese concepto de defensa, hoy podemos pensar esas estructuras también como soluciones. Quizás no buenas soluciones, no las mejores en tanto implican sufrimiento y un callejón sin salida para quien las padece, pero son las vías por las que los seres hablantes intentan tramitar lo traumático de la sexualidad.

G. Brodsky lo retoma justamente a partir de la vivencia de satisfacción, del goce en más que está perdido y de la infructuosa búsqueda para recuperarlo, porque ya nunca es igual. A eso puede responder la neurosis. Pero también, puede ser respuesta a otro sentido, no ya al goce en más, que busca recuperar sino a lo que nunca estuvo, a la hiancia irreductible de la no complementariedad. «Suponer que estuvo y no está, ya es parte de la construcción de la neurosis misma porque, en realidad, hay un goce que falta que no es el goce prohibido con la madre, (…), es el goce que permitiría el acoplamiento perfecto entre hombres y mujeres. Es ese goce que no hay y en función de él se puede crear el mito de que la madre sería ese objeto, con lo cual todo sería perfecto porque está prohibido (…), porque el padre lo prohíbe; él es el que tiene el goce, el que lo guarda y si lo mato, lo voy a tener. Lo maté pero no lo tengo más porque ahora tengo culpa (…) (Por ello) Lacan va a decir que el mito del Edipo es un sueño de Freud. Lo único que hay en realidad, lo único real es: no hay relación sexual (…) todo es una forma mítica de dar cuenta de esto que no hay (…) Hay el goce a condición de entender que no hay relación sexual…» [1]

En ese sentido es que podemos pensar el concepto de partenaire-síntoma. «El síntoma es un partenaire del sujeto, tal vez el más fiel y el más necesario, porque aporta un goce que suple la inexistencia de la relación sexual. Esa es su función en la economía libidinal del sujeto, más allá de su envoltura formal y su sentido. De ese modo, permite pensar que no ofrece la misma solución a hombres y mujeres: no sólo podemos pensar en síntomas masculinos y síntomas femeninos, sino también que un mismo síntoma cumple su función de manera diferente según sea soportado por uno u otro sexo. Por ello interroga la incidencia en el síntoma de la lógica de la sexuación»[2]

Porque existe el inconciente entre uno y otro sexo, las cosas no andan. Pero están las soluciones sintomáticas, soluciones de suplencia ante la imposibilidad de la relación sexual, soluciones que también son impasses que conciernen a todo sujeto hablante desde el momento en que asume el riesgo del acto sexual.

En Televisión [3] dice Lacan que cuando un hombre conoce a una mujer, «ahí sucede todo: es decir habitualmente ese fracaso en que consiste el logro del acto sexual». La tesis, entonces, es que «el éxito del acto constituye el fracaso del lazo, del lazo sexual, en la medida en que cada partenaire encuentra en él su goce y no al Otro. De allí la idea de que el verdadero partenaire, el partenaire real, es el goce y no el semejante sexuado que está ahí». [4] Y esta es una razón posible para la irrupción del llanto en algunas mujeres, al terminar el acto sexual.

Todas las parejas son síntomas en la medida en que, a partir de la castración, se elige un objeto de amor. ¿Por qué? Porque, por un lado, la dialéctica fálica permite la relación con el deseo y la falta. Pero, por otro, en toda relación entre un hombre y una mujer interviene el goce y éste, por definición, es autoerótico. No hay goce del cuerpo del Otro. El hombre goza de su órgano y las mujeres, de su propio cuerpo. De ese modo, el Otro se desvanece y sólo es mediación para el propio goce. Esto hace que el cuerpo del partenaire sea inalcanzable. El goce vuelve solitarios a los amantes. [5] La solución viene del lado de la castración: el sujeto, al entregar su falta, se vuelve amable. En este sentido hay dos frases de Lacan, conocidas pero no por ello siempre comprendidas. Una, la que dice: «El amor hace al goce condescender al deseo». La otra, tomada también de los desarrollos acerca de la transferencia, dice: «Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es». Punto del desencuentro, pero también posibilidad de la falta de poner a andar la dialéctica deseo-goce y no simplemente el autoerotismo del goce.

Lacan distingue dos versiones de la demanda de amor y de deseo: la forma erotomaníaca, que ubica más del lado femenino, y la forma fetichista, más característica del lado masculino, en tanto el hombre recorta el objeto en el cuerpo de la mujer (la nuca blanca, los senos). Con ellas diferenciamos las suplencias que acentúan la vertiente del amor, las erotomaníacas, que le hacen decir a Lacan: las mujeres son todas locas… locas de amor, en el sentido de la falta de límite de ese goce que las sobrepasa, que las empuja a la fórmula: «yo puedo dar todo por un hombre para que él sea todo para mí». Diferenciarlas de las que resaltan la vertiente del deseo (fetichistas), aquellas por las cuales cuando un hombre desea a una mujer, lo hace- como decíamos antes- recortando una parte de su cuerpo que funciona como objeto causa en su fantasma. Vertiente reflejada en el vector que Lacan escribe del lado masculino ($–>a), el fantasma y la articulación entre dos registros heterogéneos: el sujeto del inconciente y el objeto.

El amor funciona como suplencia de la no-relación sexual, con la ilusión de que existirá para siempre, haciendo como sí ella no es imposible. «Este es el destino y también el drama del amor», dice Lacan. [6]

La pareja- síntoma es una de las manifestaciones del malestar en la vida amorosa. Así como los síntomas parecen variar en su presentación de acuerdo a los discursos que se imponen y circulan en cada época, algo similar ocurre con las parejas-síntoma. Aunque las posiciones masculina y femenina se sostengan en una base estructural, lo que se modifica son las expresiones de malestar entre los sexos.

En los años ’70, Lacan habla del malentendido esencial entre los sexos y dice: «Para todo hombre, una mujer es un síntoma… para una mujer, un hombre es todo lo que quieran, un dolor peor que un síntoma, incluso un estrago». Esta frase circula en la transmisión de la enseñanza de Lacan, pero tenemos que ver dónde están los antecedentes de la misma.

La idea del estrago viene de la relación madre-hija, en las relaciones extremadamente pasionales, violentas, de sentimientos intensos entre ambas y que repercuten luego en la relación con el hombre. Freud trabaja esto en su texto:»La sexualidad femenina» y ubica «el odio de la madre» como núcleo paranoide de la sexualidad en la mujer, como así también el goce suplementario que se transmite de madre a hija e interviene en su modalidad de amar. Ambos forman parte de estos estragos. El amor produce una exaltación narcisista en las mujeres, por ser una solución al penisneid. Los estragos que produce en una mujer la relación con el hombre son, en función de la tesis freudiana, herederos de ese vínculo primario con la madre. Pero Lacan pone el acento, a su vez, en el entrecruzamiento del amor con una zona donde el goce queda fuera del circuito fálico. Goce que, en los años ’70, ubicará como característico de la posición femenina y al que llamará goce suplementario, justamente por ese más allá del circuito fálico que involucra. [7]

Hay un replanteo, en Lacan, de los conceptos de inconciente y de síntoma, en esos años ’70, en tanto pone el acento en la vertiente real en uno y en otro, que resiste a la acción del significante y que es correlativo a pensar una dificultad estructural que hace obstáculo a su concepción anterior de un inconciente pleno de significaciones.

Si hay algo que escapa al ordenamiento significante a nivel del inconciente y si éste trabaja para producir un más de goce, hay otras consecuencias a nivel de la teoría y que involucran la concepción de Lacan sobre la relación entre los sexos. Por un lado, una hiancia irreductible que dificulta el ordenamiento de dicha relación y que es causa de un malentendido fundamental entre el hombre y la mujer. Por otro lado, el Lacan de los años ’70, define a una mujer como síntoma de un hombre, y con ello la piensa en una posición desde donde ella responde a las condiciones de goce de ese hombre. Como síntoma de un hombre responde al lugar que le está asignado en el inconciente de éste, lo que lo lleva a decir que es ésa la manera en que un hombre goza de su inconciente, dado que la verdadera pareja del parletre es siempre su objeto de goce incluido en su fantasma.

Para Lacan, el encuentro de una pareja se produce por azar. De allí, la vía posible para una relación de pareja se hace por la mediación del falo y la dialéctica que instala, en tanto el mismo involucra tanto la vertiente de la palabra como la del goce. Como semblante, es un velo a lo imposible de la relación sexual.

Pero ¿qué ocurre en el encuentro entre un hombre y una mujer? Justamente un diálogo sin salida, el malentendido entre los sexos, en tanto la pregunta del hombre es: ¿qué quiere una mujer? Y la respuesta perpleja de ella es: ¿qué es una mujer?

Silvia Tendlarz analiza el goce de las mujeres y concluye que las figuras de éstas no son independientes de los hombres que las captan, allí donde tanto unos como las otras están presos de los ideales que cada cultura modela y con los que se identifican. En el caso de las mujeres, las imágenes femeninas que responden a los ideales de cada época son sus referentes de identificación y constituyen una vía posible con la que buscan responder al enigma de la sexualidad femenina, pero también una estrategia para ser amadas y deseadas por su partenaire.

Del lado masculino, la pregunta acerca de cómo ser hombre en una sociedad que tiende a feminizar la posición masculina, como consecuencia de la caída de la figura paterna clásica y que impone exigencias cada vez más difíciles de sobrellevar en la vorágine del siglo XXI, no son menores. El ser portadores del significante fálico no los exonera de tener que dar prueba de saber arreglárselas con ello.

Más allá de las presiones de la época, el misterio que encarna la sexualidad femenina, tanto para los hombres como para las mujeres, ya había sido preocupación de Freud. Lo analiza, por un lado, a partir del complejo de castración, como causa del desprecio de los hombres por las mujeres, en tanto reavivan la angustia más primaria e infantil que subyace en cada uno. Pero, también, en tanto les son extrañas, les representan al Otro radical- como sería una expresión en Lacan- lo que queda plasmado en su eterna pregunta: «¿Qué quiere una mujer?». Efectivamente, una preocupación freudiana que plasma en: «El tabú de la virginidad» (1918), cuando examina la lucha entre los sexos con todas sus variantes, las condiciones del amor y el erotismo, pero también sus vicisitudes.

Cuarenta años después, en «Idea directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina» (1958), Lacan habla de las imágenes y símbolos de la mujer presentes en el inconciente, encarnadas en la madre, la puta, etc. Imágenes y símbolos que son respuestas al misterio de lo femenino pero que, al mismo tiempo, se inscriben en las lógicas de las relaciones entre hombres y mujeres [8]

En la actualidad, las ejecutivas y empresarias, las modelos top, las grandes figuras femeninas en la política, etc. vienen al lugar de aquellas imágenes y símbolos de la mujer de comienzos del siglo pasado. Pero así como ocurrió con los semblantes masculinos, con aquellos que encarnaban la autoridad paterna, estos también se vuelven inconsistentes y vacilantes, al tiempo que sostienen el encanto femenino desde nuevos artificios.

Diez años después, Lacan dirá: el amor se sostiene por el semblante, cuando piense en ese mixto de imaginario y simbólico que permite cubrir la hiancia de la imposible relación sexual, dando lugar a modelos estables de pareja. Pero, en la medida en que los mismos se ajustan al discurso de cada época, sufren las consiguientes transformaciones y desgastes y van reduciendo su vigencia.

Es interesante la incidencia de una novedad de nuestra civilización, que le hace decir a Lacan que en nuestra época el matrimonio ya no tiene otra razón de ser que el amor. Desde aquí, los otros soportes en que la familia se sostenía se vuelven secundarios; lo que hace al lazo social común, las satisfacciones compartidas por una comunidad, las satisfacciones de lo cotidiano apuntaladas en el marco de la institución familiar tradicional. Si es el amor, si es la pasión amorosa lo que inaugura el matrimonio en la actualidad, ello mismo instala la paradoja porque el amor, en tanto pasión amorosa, es siempre un paréntesis que aparta al sujeto de su mundo de lazos sociales; un paréntesis no es acorde con el juramento de «para toda la vida». Es difícilmente duradero. Si esto implica que los amores míticos del pasado ya no tienen vigencia, cae también el paradigma del amor, el ideal de amor y, en su lugar, sólo hay amores en plural, amores a merced de los encuentros. Pero si la función del amor es velar la imposibilidad de la relación sexual, no desaparece. Más bien se trata de pensarlo en la coyuntura actual, su función, sus características, sus encrucijadas.

Pensando en los factores que, de alguna manera han incidido en esta transformación del vínculo amoroso, no dejamos de lado una actualidad regida por los discursos de la ciencia y de la técnica, allí donde nuestros deseos son gobernados mediante una oferta incesante de objetos de goce, objetos sustitutivos que hicieron decir a Lacan en «El Reverso del Psicoanálisis»: «tenemos un auto como una falsa mujer». Allí donde la libido misma es engañada desde la oferta de esos objetos, sin embargo sigue sin satisfacerse. Por el contrario, los imperativos del mercado nos dejan presos del peso de un superyó consumidor y nuestras vidas y nuestros cuerpos terminan siendo, ellos también, objetos del progreso de la civilización.

Si de esos objetos ofertados por la ciencia y la técnica no podemos prescindir por la amenaza de inadaptación a lo más actual de la realidad en que estamos inmersos, porque nos acecha el sentimiento de exclusión, no podemos escapar tampoco a un efecto paradojal, que es el de la homogeneización que produce, al mismo tiempo, que cada vez se esté más solo desde un goce que hace barrera al lazo social. Se goza del auto, se seduce con el auto pero, en ese triunfo narcisista, se borra el Otro del amor. El goce del objeto de la civilización es el rival, el sustituto del partenaire amoroso. Lo interesante es que los objetos para la seducción, aquellos que servían de excusa para alcanzar al Otro del amor, quedan reducidos a un alimento del narcisismo exhibido, del Uno del narcisismo en detrimento del partenaire.

Colette Soler habla de los semblantes del amor, buscando el ejemplo en los de las mujeres y nos recuerda a la mujer fatal en el cine de la época de oro de Hollywood y, en contrapunto, a las top models de nuestra actualidad. Pero dice de ellas que son lo que queda de aquella mujer fatal, pero sin constituir verdaderamente un semblante, puesto que éste supone la palabra, condición para introducir la dimensión del sujeto. La top model es sólo una imagen, una superficie, una imagen al gusto del varón homosexual que reina en la alta costura. Agrandar pechos y nalgas no logra que esa imagen alcance a la mujer fatal de otras décadas, pues esa mujer fatal es un mito, una figura del Otro pero en cuanto desconocido, oscuro, fascinante pero a la vez amenazante, fatal.

El mercado de imágenes resulta en la exclusión del Otro, en la caída de sus figuras, para poner en primer plano el imaginario del partenaire y con ello la homogeneización y el borramiento de las diferencias. Lo que se excluye es el Otro como alteridad.

Esta alteridad del Otro se refleja en la característica contractual de la época, que suple al Otro que no existe pero que excluye, al mismo tiempo, al Otro que existe. Es decir que el contrato busca asegurar la vigencia de lo mismo, de la paridad. «En el nivel del amor, el hecho de que el contrato excluya al Otro, que intente neutralizarlo, se redobla hoy a causa de otro hecho de sociedad: el matrimonio está perdiendo sus características heterosexuales. Los hay homosexuales, incluso matrimonios sin sexo, que van en el mismo sentido de la disociación entre el matrimonio y la puesta en acto de la heterosexualidad. Se dirigen a la neutralización de la Otredad del Otro y hacia la reducción del amor a la amistad» [9]

Se cercena así al Otro sexo, a la alteridad del sexo. Y agrega C. Soler: «El Otro del que Uno se cercena es el Otro en la medida en que existe. El Otro que no existe, en el lugar del cual el discurso actual pone el contrato, es el Otro del lenguaje, que falta en lo que respecta a orientar la vida. Se lo suple por debates, esfuerzos de consenso para obtener un principio de homogeneización, de coexistencia de los goces. Pero la homogeneización de los discursos provoca efectos de rechazo y todo lo hetero queda afuera, ex». [10]

En la diferencia sexuada misma encontramos este esquema, en la medida en que el refugio del goce masculino queda centrado en el goce fálico, el de la mujer encarna un goce Otro. Pero las sorpresas de la emergencia de la pulsión hacen surgir al Otro, Otro goce en el cuerpo propio, que va más allá de los límites fálicos.

La neutralización del Otro de la heterosexualidad en nuestra época introduce la cuestión de pensar en la función social del amor heterosexual. La tesis freudiana ubicaba a la sexualidad femenina como rebelde a las sublimaciones de la cultura, a los intereses comunitarios, allí donde la mujer investía primordialmente los objetos más cercanos, el hijo, el marido, etc. Posición opuesta a la masculina, cuando la explicación freudiana se centra en una libido homosexual masculina sublimada, como soporte del vínculo comunitario.

La posición de Lacan, por el contrario, hace una apuesta a la libido heterosexual femenina cuando afirma que el deseo femenino es irreductible al Uno fálico, a la paridad contractual, pero también a la fragmentación social, en tanto sostiene la célula familiar. [11]

Pero el empuje a lo homogéneo, con su efecto de segregación, trae aparejado otro fenómeno que cada vez se instala más en nuestra época. Es lo que Lacan trabaja en «El despertar de la primavera», cuando toma de referencia la obra de Wedekind. Allí se pregunta qué es para los muchachos hacer el amor con las muchachas, marcando que no pensarían en ello sin el despertar de sus sueños. Aquí usa Lacan una frase que me gusta citar: Que el sujeto despierte no sólo de su sueño sino también de lo que cree que es su vigilia». Desde esa referencia, la adolescencia, implica, más que transformación, el surgimiento de algo radicalmente nuevo. Momento que reaviva al cuerpo como Otro, momento de alteridad a la que tendrá que responder con recursos inéditos en referencia al legado de la sexualidad infantil. Es el momento del encuentro, de confrontarse con el Otro sexo.

El punto que me interesa es señalar que la subjetividad de nuestro tiempo se caracteriza por una adolescencia interminable, vigilia de la que no se quiere despertar. El discurso actual, en tanto se caracteriza por borrar al sujeto como singularidad, tiene consecuencias subjetivas devastadoras. Hay un rechazo de la castración, de la división subjetiva y con ello el desprecio del amor. Si la adolescencia es la oportunidad de renovar las preguntas sobre la castración, sobre el sexo y sobre lo más singular del goce, preguntas con las que se abriría la posibilidad de acceso a la singularidad, nuestra actualidad la obtura con la velocidad de respuestas que van más en la dirección del consumo en todos los órdenes. Y una de las consecuencias es la ausencia de responsabilidad sobre el propio goce, una característica del hombre contemporáneo, que no escapó a Lacan cuando subraya como figura de la época a esa posición que nombra como la del niño generalizado. El resultado es una actualidad «inmersa en un fenómeno festivo, un goce colmante, un exceso constante, una abolición de la diferencia entre fiesta y no-fiesta, el borramiento de las antinomias, así como el borramiento progresivo de la diferencia sexual y el empuje a fusionarse con lo infantil». [12]

Más allá de aceptar su incidencia en lo social, la clínica nos pone cada vez más frente a niños generalizados, frente a esa falta de responsabilidad del sujeto ante su goce.

Más allá de la estructura sintomática de la sexualidad en el ser hablante, la clínica contemporánea muestra que el empuje de la época se ha extendido a los sexos, redoblando ese carácter sintomático de la sexualidad. El borramiento del Otro con el consiguiente empuje al exceso, al todo vale, borra también la ley de prohibición del incesto, la represión, la castración. Esto se manifiesta en una sexualidad actuada desde los encuentros múltiples, tanto hetero como homosexuales y bisexuales, encuentros esporádicos, casuales, sin compromiso del sujeto.

No se trata, para el analista, de la instauración de un Ideal, sino de la producción de un síntoma que instale al sujeto en un discurso que no desconozca lo real.

Para terminar, quisiera leer unos párrafos de una publicación del periódico madrileño: «El País», escrita por Vicente Verdú, titulada: «Este sexo mundo».

Referencias bibliográficas

  • Brodsky, G. (2004): «Clínica de la sexuación», p 77- NEL Bogotá
  • Brodsky, G. (2005): «Síntoma y sexuación» en «Del Edipo a la sexuación», p 43- Paidós, Buenos Aires
  • Lacan, J. (1973): «Televisión», p 125- Editorial Anagrama, Barcelona
  • Soler, C (1997): «La maldición sobre el sexo», p 111- Manantial- Buenos aires
  • Tendlarz, S. (2002): «Las mujeres y sus goces», p 144- Colección Diva- Buenos Aires
  • Tendlarz, S. (2002): Op. Cit, p 144
  • Tendlarz, S (2002): Op. Cit., p 142
  • Soler, C. (1997): Op. Cit, p 98
  • Soler, C. (1997): Op. Cit, p 117
  • Soler, C. (1997): Op. Cit, p 118
  • Soler, C (1997): Op. Cit, p 121
  • Salgado, M. (2004): «Adolescencia interminable. Un collage», p 141, en «Dispar 5»– Grama- Buenos Aires

 

Este sexo mundo
Por Vicente Verdú
De El País, de Madrid. Especial para Página/12

Si en Google se teclea la palabra «god» (Dios) aparecen 385 millones de entradas, pero con «sex» se rebasan los 400 millones. Tanto una como otra evocación han experimentado una colosal expansión en la última década. La primera, como obstinada búsqueda de lo que no se ve, y la segunda, en persecución de lo más expuesto y obsceno.

En 1995 se realizaban en España cinco películas pornográficas, pero en 2005 rondaban las 100. Entre tanto, las compañías distribuidoras sirvieron al mercado español más de 1200 títulos de diferentes procedencias extranjeras. Más de 700 millones de videos se alquilaron el año pasado en Estados Unidos, y, en conjunto, los ingresos de la industria norteamericana del porno, desde revistas hasta sex shops, desde páginas web hasta circuitos privados para hoteles, supera no sólo a la industria cinematográfica convencional, sino a los mayores negocios del deporte profesional unidos (béisbol, fútbol americano y baloncesto).

La revista Forbes, que elaboró en 2000 la lista de las 15 empresas más poderosas en el sector del porno, destacaba entre ellas a dos proveedoras de películas, juegos y servicios de Internet para hoteles. La primera firma y líder absoluto era On Command Corp., que cotiza en el Nasdaq y abastece hoy a un millón aproximado de habitaciones en más de 3500 hoteles de varias decenas de países.

Gracias a lo que se llama la Triple A –anonimity, access, affordability (anonimato, fácil acceso, bajo precio)– ha mutado no sólo la clase de pornografía que se distribuye, sino el público que la recibe. Ha cambiado tanto y en tal grado que Al Cooper, psicólogo de la Universidad de Stanford, habla de una «segunda revolución sexual», contando con que en el siglo XXI Internet ha ayudado a superar las inhibiciones puritanas y a convertir a cada cual, si lo desea, en un impune usuario de material sicalíptico. O incluso, cada vez más, protagonista del mismo a través de ofrecerse a los ojos ajenos mediante las webcams.

Con todo ello, el porno tiende a tejerse como un medio más corriente que excepcional. ¿Es porno Lucía y el sexo, Eyes wide shut, Intimidad, Babel, los documentales de la BBC? ¿Son porno los anuncios de Dior, las exposiciones de la Tate Britain, los programas de Lorena Berdún?

En los últimos festivales eróticos de Barcelona se acreditan más de mil periodistas, pero muchos certámenes de esta misma naturaleza han proliferado desde Cannes hasta Las Vegas en los últimos 15 años. Y hasta los libros de fuerte contenido sexual han aumentado en cerca del 400% durante ese intervalo.

¿El cuerpo desnudo? ¿La penetración? El mundo es un bulto desvestido y explorado en todos sus intersticios y anfractuosidades, recorrido en sus valles y montes, fotografiado sin cesar, poro a poro, como la pornografía que discurre sobre la superficie de la piel y el muslo.

Naked capitalism fue el título de un famoso artículo en The New York Times donde se mostraba el clamoroso éxito del sexo en el último capitalismo de ficción. Consumo de placer en su significación originaria y consumo hedonista como deriva de la cultura general del consumo en busca de la satisfacción candente e inmediata. Una forma de tratar con el muerdo a la energía de dos nuevos fundamentos: uno de carácter tecnológico, relacionado con la máxima comunicación y las ayudas anticonceptivas, y otro confundido con el derrumbe de la ética del ahorro.

Frente a la recta virtud de ahorrar, la redonda tentación de gastar. Frente a la limitación de las disponibilidades monetarias, la holgura de los plazos, los créditos fáciles, los endeudamientos sin sentimiento de culpabilidad. En la sociedad preconsumista, el sexo femenino debía administrarse con todo celo porque la mujer dependiente económicamente lo empleaba como el primer tesoro de su ajuar. Independizada económicamente, la contención femenina ha perdido gran parte de su valor. La sexualidad, en general, conserva su valor de uso, puesto que, en general, el sexo es muy divertido, pero no queda sujeto a la restricción necesaria para potenciar su valor de cambio social.

La liberación económica y moral de la mujer y los artilugios de fecundación paralelos han sido decisivos para la difusión del consumo sexual masivo. De ser esencialmente procreativo, el sexo ha pasado a transformarse altamente en recreativo, y, ya en ese territorio, el mercado ha ampliado el surtido y la viabilidad de las ofertas, incluyendo toda clase de edades, medios, invenciones, instrumentos y perversiones. El único tabú que queda acaso sin agotar es el tabú del incesto, pero del bukkake a la pedofilia, del sadomasoquismo al voyeurismo, la actualidad se halla saturada de ocasiones para todos los gustos. Y hasta los jóvenes, con posible acceso a una experiencia sexual sin contraprestación económica, eligen adentrarse en experiencias carnales que el comercio profesional ha dispuesto con mayor sofisticación y refinamiento.

Tener sexo con alguien ha rebajado, de acuerdo con su dificultad, la carga simbólica de hace años; pero, como ocurre con las obras liberadas de los derechos de autor, su propagación se ha expandido también en direcciones insólitas. Se ha extendido al punto de que si la publicidad desea hoy llamar la atención no puede esperar gran impacto de los reclamos eróticos, y con ello se explica el recurso a temas inéditos de destrucción y muerte, de horror, siniestralidad, miseria, drogadicción o extrema indigencia, para promocionar artículos de moda.

El desnudo femenino sigue siendo de mayor interés, pese a todas las feministas, pero lo masculino ha empezado a circular también como objeto en el circuito general. ¿Cómo no iba a ser de este modo? La liberación sexual de la mujer la ha librado de su unívoco rol de objeto, y actualmente la tendencia lleva a convertir a hombres y mujeres en objetos y sujetos alternativos, simultáneos o confusos. Con esta facilidad de intercambios, la velocidad de operaciones se ha multiplicado por mil, y el sexo ha llegado más lejos.

Por ejemplo, antes las feministas se mostraban en contra del género pornográfico, pero ya no. En los años ochenta aparecieron empresas de porno dirigidas por mujeres y películas escritas y dirigidas por ellas con más argumento y más psicología que la de los autores. Todavía sólo el 20% de los consumidores de porno son mujeres, pero el porcentaje ha crecido al compás de las nuevas productoras.

En Francia, en 1999, Virgine Despentes retó a la censura con su película Baise-moi (Fóllame), cuya proyección fue prohibida en los cines de exhibición general por el Conseil D’Etat. Después, Catherine Breillart (Romance), Jeanne Labrune (Prends gard à toi), Laetitia Masson (A vendre) o Briggitte Roüan (Post coitum) ampliaron la brecha. Con una y otra acción, la manga ancha del fenómeno se ha dilatado tanto que para algunos el no-sexo a la manera de las organizaciones anticonsumo se ha convertido en signo de distinción. Este movimiento en contra se llama a sí mismo los «A», una minoría del 1%, dicen, contraria al goce de la carne. Sus siglas completas son AVEN (Asexual Visibility and Education Network, www.asexuality.org), teniendo a gala clamar que «la A-sexualidad no tiene por qué ser exclusiva de las amebas».

Fuera de estos tipos alocados, la orgía corre sin fin de Occidente a Oriente y viceversa, de niños a ancianos y de heterosexuales a gays. Nadie debe verse anegado por esta inmensa inundación, pero ¿por qué no oreado de su fragancia y resplandor tras tantas y obsesivas décadas de tenebrosidad y asfixia?

Notas

* Psicoanalista en Guatemala. AME de la NEL (Nueva Escuela Lacaniana) y de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis).

Fecha: 17/03/2007
Modalidad: Presencial
Lugar: Teatro Coyoacán

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Soluciones eróticas o acerca de las vicisitudes del deseo y el goce

Soluciones eróticas o acerca de las vicisitudes del deseo y el goce

Susana Dicker

No hay cabida a la indiferencia ante la cuestión del erotismo. Ya sea que convoque al artista a escribir las prosas o los poemas más apasionados; a pintar, a esculpir o a fotografiar las imágenes más bellas; ya sea que invite al soñador a las fantasías más perversas, o al perverso a realizar los escenarios más acordes con su perversión. El erotismo «afecta», no deja indiferente, convoca desde el goce más primario del ser hablante. Pero, a lo largo de la historia y con el avance de la sofisticación que provee la civilización, la línea que separa erotismo y pornografía se ha hecho también más sutil.

La concepción psicoanalítica reconoce un forzamiento que sufre el sujeto desde el momento mismo de su nacimiento, desde lo más primario de su inserción social. Porque las condiciones de esa inserción le exigen un límite a un goce que, por definición, es autista, solitario.

Desde el momento mismo en que es recibido por el Otro social, el cuerpo del niño se convierte en un cuerpo marcado, ya no «natural», si cabe esa expresión. Las condiciones de su supervivencia estarán anudadas a las condiciones de la demanda y el deseo. A partir de allí se irá articulando como un cuerpo erógeno, donde su propio autoerotismo ya no le será tan «propio». El forzamiento que le impone la dialéctica de la demanda y el deseo, ya desde el inicio de su vida, abre el camino a las vicisitudes del deseo y del goce. El erotismo del infante, centrado en las zonas erógenas que darán forma a su cuerpo sexuado, ya está marcado por un más allá de la biología. A partir de allí se introduce en la deriva de las vicisitudes y paradojas de la vida erótica.

Una vida erótica que atrapó el interés de pensadores como el francés Georges Bataille. En el prólogo de su libro, «El Erotismo», dice: «El espíritu humano está expuesto a las más sorprendentes conminaciones. Se teme sin cesar a sí mismo. Sus movimientos eróticos le horrorizan. La santa se aparta con horror del voluptuoso: ignora la unidad de las pasiones inconfesables de éste último y de las suyas propias (…) Pero el hombre puede superar lo que le horroriza, puede mirarlo cara a cara. Gracias a ello escapa al extraño desconocimiento de sí mismo, que lo ha definido hasta ese momento».

Bataille se interesa por el sentido que el erotismo tiene para los humanos y descarta, de entrada, una aproximación por el lado de la ciencia. Más allá de que su referencia sea la actividad sexual en los animales sexuados y en los seres hablantes, aparentemente sólo estos han hecho de su actividad sexual, una actividad erótica, una búsqueda psicológica independiente del fin natural dado a la sexualidad reproductiva. Dice Bataille: «El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte. Es la exaltación de la vida. No obstante hay, en la búsqueda psicológica que lo acompaña, algo que no es extraño a la muerte. El Marqués de Sade decía: «No hay mejor remedio de familiarizarse con la muerte, que aliarla a una idea libertina».

Distingue erotismo y reproducción desde una interesante particularidad: mientras en esta última lo que se reproducen son individuos, distintos unos a otros, contables, discontinuos, en el erotismo se trata de borrar esa discontinuidad y sustituirla por un sentimiento de continuidad profunda. Toda la actuación erótica busca destruir la estructura del ser cerrado, del individuo en su unidad. Y, para ello es importante el desnudo, pues la desnudez abre a un estado de comunicación, anuncia esa des-posesión que se cristaliza en la acción erótica.

En el erotismo, lo que está en juego, es siempre una disolución de las formas constituidas. Se trata de trastornarlas. Desordenarlas al máximo.

La pasión de los amantes introduce y prolonga la fusión de los cuerpos y hasta puede tener un sentido más violento que el propio deseo de los cuerpos. Más allá de las promesas de felicidad que la acompañan introduce, antes que nada, trastorno y perturbación. Cuando esta pasión es tan grande se hace comparable a su contrario: el sufrimiento. Porque ella busca la fusión de dos seres, porque en el fondo es una búsqueda imposible, por eso ella compromete el sufrimiento.

Para Bataille, la actividad sexual de hombres y mujeres no es necesariamente erótica. Lo es cada vez que no es rudimentaria, que no es simplemente animal. Y piensa el camino de la sexualidad en el ser humano, un camino hecho de restricciones, prohibiciones, en especial respecto a la actitud para con los muertos y, casi al mismo tiempo, para con la actividad sexual. Son los tabúes primitivos que acompañaron este recorrido y, en la medida en que se hicieron vigentes, el sujeto se fue deslizando desde la sexualidad sin vergüenza hacia la sexualidad vergonzante de la que el erotismo se desprendió.

Si podemos definir a la experiencia erótica, podemos decir que es una experiencia personal de la prohibición y de la trasgresión. La transgresión levanta la prohibición sin suprimirla: éste es el resorte del erotismo. Transgrede la prohibición, pero manteniéndola, para disfrutar de ella. Pero esto no es siempre sin el precio de la angustia en tanto el ser hablante lleva inscripta la prohibición en lo más íntimo de su ser. En todos nosotros hay restricción a la libertad sexual. La hay como ley universal, pero en la medida en que se inscribe en nuestra historia personal.

El erotismo, en su conjunto, es infracción de la regla de prohibición de muerte y sexualidad. Empieza allí, donde acaba el animal, pero la pulsión es resorte de su fundamento. Un fundamento del que el ser hablante se aparta con horror pero al mismo tiempo lo sostiene.

El erotismo como experiencia del deseo busca sin cesar, afuera, un objeto…un objeto de deseo. El olfato, el oído, la vista, el gusto tienen un valor erótico intenso. El desnudo de una mujer hermosa puede encarnar la imagen del erotismo. «Pero el objeto de deseo es diferente del erotismo. No es el erotismo, sino el erotismo de paso por él», dice Bataille, allí donde el objeto erótico sirve al erotismo en su búsqueda de la fusión, del borramiento de los límites.

Hombre y mujer, en el juego del deseo y del goce, en una vida sexual en la que Freud ubica la actividad del lado de los hombres y la pasividad del lado de las mujeres. Sin embargo, reconoce que ellas son las que tienen el poder de provocar el deseo. Y no porque sean más bellas o deseables, sino porque se proponen al deseo. Se proponen como objeto al deseo agresivo de los hombres.

En las lógicas del encuentro entre los sexos, más allá de la posible dialéctica entre el deseo y el amor, no podemos desconocer la posibilidad del deslizamiento al exceso perverso, por un lado, o al enamoramiento idealizante, por otro.

Ya Freud había observado la dificultad de encontrar un equilibrio entre el deseo y el amor, allí donde el deseo no se consuma en un goce devastador, alejado de los componentes tiernos, garantes de la permanencia del lazo amoroso.

En la concepción freudiana, la clínica de la vida amorosa y su «pathos» revelan una fuerte disociación entre la idealización del objeto edípico, difícil de ceder, y su opuesta degradación. El desdoblamiento del objeto erótico es un fenómeno de estructura: el padre perverso o el padre idealizado; la santa o la puta, altar o burdel en los dos espacios donde se despliega la polaridad excluyente amor-deseo. Las variantes sintomáticas de la vida erótica pueden pensarse como efectos de la dificultad de armonizar esa polaridad en la constitución subjetiva.

La pareja consumada es aquella que puede sostener la tensión de la pulsión, el supuesto autoerotismo del goce, en el terreno del amor. El cuerpo pulsional se humaniza en la intimidad del sexo cuando la fusión libidinal no excluye ni lo real del sexo ni lo imaginario del amor.

Pero en la constitución de la pareja está la trampa misma de lo que puede ser su fracaso. Por un lado, la alianza necesita de pactos formales o implícitos que exigen permanencia y estabilidad y terminan dando forma a los noviazgos, matrimonios, concubinatos, etc. Pero eso mismo origina tensiones inevitables con el deseo, porque éste es siempre insatisfecho y se resiste a la exclusividad. Es la renovación permanente del conflicto deseo-ley que está en la base de la construcción de la subjetividad.

En tanto el erotismo es una experiencia personal de la prohibición y de la trasgresión, no es sin síntoma para el sujeto. Y de eso nos habla Freud en sus «Contribuciones a la Psicología del Amor», una trilogía que escribe entre 1910 y 1918.

La primera contribución la llama: «Sobre un tipo particular de objeto en el hombre» (1910). Examina allí lo que para él son las condiciones de la vida erótica. Condiciones que hacen a las soluciones eróticas.

Freud intenta pensar la relación sexual a partir de sus dificultades; de cómo se combinan el amor y el goce sexual; de cómo se relacionan hombres y mujeres; de cómo se eligen unos a otros. Y descubre que hay ciertas condiciones que, para algunos hombres, debe tener el objeto de amor. Una primera es la del «tercero perjudicado»: la persona no elige nunca, como objeto amoroso, a una mujer que permanezca libre. Siempre tiene que pertenecer a otro hombre, marido, prometido o amigo. Es decir que para reconocerla como deseable es necesario que sea no-toda de él. El sujeto queda ubicado como tercero excluido.

Pero hay una segunda condición: la mujer casta y fiel no alcanza el brillo para constituirse en objeto de amor; sólo es atractiva aquella cuya conducta sexual merezca mala fama y de cuya fidelidad se pueda dudar. Es la condición de amor por «mujeres fáciles», de mala reputación y cuya fidelidad es siempre dudosa.

Así como en la primera condición se satisfacían tendencias hostiles hacia el hombre a quién se arrebataba la mujer amada, esta segunda condición, la de la liviandad de la mujer, se relaciona con los celos. Pero lo interesante es que esos celos jamás se dirigen al poseedor legítimo de la amada, sino a extraños recién llegados de los que se puede sospechar. Incluso, en muchos casos, el amante no tiene deseo de poseer por sí solo a la mujer y está enteramente cómodo en una relación triangular. En el momento de los celos, el amor llega a su apogeo y toma un carácter compulsivo.

Dos condiciones más ya no tienen que ver con condiciones exigidas al objeto de deseo, sino con la conducta del amante. Y tenemos así al hombre que trata como objeto amoroso, muy valorado, a mujeres «livianas»; son las únicas personas a quienes pueden amar, se obsesionan con ellas y se auto-exigen fidelidad. Pero esto no significa que ésta será la única relación en su vida. Por el contrario, en ella se repetirán varias veces pasiones de esta índole donde los objetos de amor se irán sustituyendo, con igual intensidad, formando una larga serie. Lo interesante aquí es que, una vez que la posee, se produce la degradación del objeto.

La cuarta y última condición es aquella en la que el hombre tiende siempre, a «rescatar» a la amada. Está convencido de que ella lo necesita, que sin él perderá todo apoyo moral. Se trata de mantener a la amada en la senda de la «virtud» y allí, sí, puede volverse la mujer ideal.

Las mujeres se sitúan entre los hombres como «un valor de cambio», investido libidinalmente, ya sea como objeto idealizado o degradado. Desde ese valor fálico, la mujer puede deslizarse de la virgen a la prostituta. A nivel inconciente, a menudo coinciden en el mismo objeto, lo que a nivel conciente se presenta como opuestos. Se trata, entonces, del desdoblamiento del objeto erótico como fenómeno estructural.

Tanto en las condiciones de amor como en la conducta del amante, Freud reconoce efectos de la fijación infantil a la madre. Los objetos de amor llevan el sello de los caracteres maternos, aunque algunos parezcan contrariarlo. Así, el prototipo materno inaugura la serie de elecciones de objeto que serán los sustitutos amorosos.

Y a esto no es ajena una observación freudiana: «Si quien ejerce el psicoanálisis se pregunta cuál es la afección por la que se le solicita asistencia más a menudo, deberá responder que, prescindiendo de la angustia en sus múltiples formas, es la impotencia psíquica». Es importante no dejar pasar por alto que habla de impotencia psíquica cuando está pensando en la perturbación que afecta a hombres de naturaleza intensamente libidinosa, hombres muy deseantes que, en el momento del acto sexual, ven disminuida su potencia viril, con la consiguiente dificultad para llevar adelante el acto. Pero estos hombres saben que esa inhibición de su potencia sólo ocurre con ciertas personas y no con otras. Y la experiencia clínica devela un carácter universal en su etiología, lo que Freud señala como la fijación incestuosa no superada, a la madre y hermanas. Fijación que es la medida de la atracción de los primeros objetos amorosos infantiles reforzada por impresiones accidentales que se anudan al quehacer sexual infantil.

Esto es planteado por Freud en su segunda contribución: «Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (o erótica)» (1912) donde sostiene que si el objeto de amor es un sustituto del prototipo infantil materno, el hombre debe poder rebajar un poco a la mujer para poder desearla sexualmente. Sólo es posible mantener activa la corriente sensual cuando encuentra partenaires que no recuerdan a los primeros objetos incestuosos y, por lo tanto, prohibidos. Así la vida amorosa de estos seres permanece escindida, separada en dos orientaciones: En una se degrada el objeto sexual y en la otra se reserva la sobreestimación para los objetos incestuosos. Se separan la puta y la santa y se gana así a la madre como objeto para lo sensual, por vía de la degradación.

Es decir que si hay una dificultad en la elección de objeto es porque el objeto elegido, la madre es, al mismo tiempo, partenaire prohibido.

Freud encuentra una diferencia entre hombres y mujeres: ellas no necesitan degradar el objeto sexual con la misma intensidad que el hombre, porque falta en ellas la sobreestimación del objeto. La condición aquí es lo prohibido; la condición de lo prohibido en un amor secreto. En la mujer es más fuerte el íntimo enlace entre prohibición y sexualidad. La búsqueda del obstáculo aumenta el valor libidinal y pueden, así, «gozar del amor».

La excepción está en las mujeres en posición masculina: ellas pueden degradar al hombre que desean, su amante, y mantener una relación matrimonial con un hombre idealizado.

Son soluciones eróticas que permiten, tanto a hombres como a mujeres sortear la impotencia psíquica y la frigidez femenina.

Lo interesante es que Freud plantea que la libertad sexual irrestricta no lleva a mejores resultados pues hace falta un obstáculo para el empuje de la libido. Allí donde la satisfacción amorosa no tropieza con dificultades, allí muere el deseo y decae el amor. Más aún, sostiene que en la naturaleza misma de la pulsión sexual hay algo desfavorable al logro de la satisfacción plena. Y, posiblemente, su raíz está, por un lado, en la prohibición del incesto que obliga a que el objeto sexual definitivo (si lo hay), nunca es el originario sino siempre un sustituto de aquél; y, por otro, que el camino del desarrollo libidinal se organiza entre contingencias y vivencias articuladas a las pulsiones parciales, en un proceso de erogenización del cuerpo que no garantiza que todas ellas terminen conformando la genitalidad adulta.

Hay una tercera contribución que hace Freud a la vida erótica: Es de 1918 y se llama: «El tabú de la virginidad». Aquí examina la lucha entre los sexos y subraya «la sujeción amorosa» o «servidumbre sexual» de la mujer hacia el hombre, semejante a la que se establece con el hipnotizador. Analiza «el tabú de la virginidad» y las perturbaciones en el matrimonio, donde el odio materno retorna y se transfiere al marido. Para Freud, la hostilidad que la mujer siente hacia el hombre es heredera directa del odio a la madre. Esto produce una combinación entre la sujeción amorosa y la hostilidad de la mujer hacia el hombre que, muchas veces- dice el autor- se agota en el primer matrimonio y el segundo ya puede ser más exitoso. Pero nada garantiza la felicidad conyugal y el odio puede retornar, eventualmente, en la relación entre los sexos y manifestarse, por ejemplo, en la frigidez de la mujer como respuesta a la pérdida de la virginidad.

Estas características que dan forma a la concepción freudiana de «La psicología del amor» y que nosotros podemos pensar como «las lógicas de la vida erótica» no hacen más que confirmar que, en sus orígenes mismos, la sexualidad humana es esencialmente traumática. Ya desde los primeros encuentros del bebé con el seno, se instala el choque entre las pulsiones y la coacción del mundo exterior. Pero hay algo que complica más a esa sexualidad arcaica: en ella la indistinción entre pulsiones hostiles y eróticas, deja sus efectos. Desde esa fusión pulsional, el amor no se distingue del odio. Y la tensión que resulta de ello buscará salidas que irán modelando las formas que adquirirá la sexualidad y el amor en la edad adulta: esas son las «soluciones eróticas» que el sujeto encuentra en el curso de la vida. Se trata de reconocer que, en la sexualidad humana, los objetos de deseo no son innatos. A nosotros nos corresponde descubrirlos. Esto se hace en la primera infancia y se redescubre en la pubertad construyendo un proceso que no se despliega sin dolores ni sacrificios. La vida amorosa no forma parte de la «naturaleza de las cosas» sino que corresponde a elecciones soportadas desde el inconciente, en una dialéctica deseo-goce que establece las condiciones del amor y sus tropiezos.

Freud insiste en la bisexualidad como estructura psicológica universalmente presente en los seres humanos. Plantea que una de las heridas narcisistas más fuertes para la megalomanía infantil es la que se sufre al tener que renunciar a la bisexualidad. La confusión que engendran esos anhelos bisexuales en la organización precoz de la subjetividad, gravita sobre numerosos aspectos de la misma. Gravita en las diferentes maneras en que tratamos de resolver nuestro deseo imposible de ser y tener los dos sexos. Gravita, también, en lo más recóndito de nuestro imaginario, allí donde invariablemente somos omnipotentes, bisexuales e inmortales.

Las vicisitudes de la vida erótica pasan por las manifestaciones más variadas. Entre ellas las inhibiciones de la función sexual que, en el varón, aparecen con más frecuencia en la impotencia, en la eyaculación precoz, en la ausencia de sensación de placer en el orgasmo, etc.; y que, en la mujer, se presentan como angustia directa a la función sexual, asco y frigidez.

Pero, más allá de estas inhibiciones, esas vicisitudes se plasman en las homosexualidades y en lo que en la concepción freudiana son nombradas perversiones.

El panorama no se concentra sólo allí. El psicoanálisis pone el acento en el cuerpo arcaico de la psicosomática y de los llamados trastornos de la alimentación. Para todos ellos, la insistencia de la compulsión de repetición, de la pulsión de muerte ligada siempre a lo erógeno del cuerpo desde lo más primitivo de la sexualidad humana.

Me detendré en el tema de las homosexualidades, como una de las posibles soluciones eróticas. Y lo digo en plural buscando ir más allá del mito por el que se la unifica al mismo tiempo que se unifican las explicaciones etiológicas.

Desde el psicoanálisis ponemos el acento en la condición de la libido (que incluye todos los aspectos de la pulsión sexual) de ejercer un doble movimiento: orientarse a personas del Otro sexo o invertirse en el propio. Ese doble movimiento libidinal instala, desde la concepción freudiana, dos tendencias que coexisten en cada niño y perduran en el inconciente de cada adulto. Reconocer el doloroso pasaje infantil por la contradicción entre las corrientes bisexuales y la monosexualidad orgánica nos permite comprender mejor las homosexualidades manifiestas y las tendencias homosexuales inconcientes de los adultos heterosexuales. Pero no podemos pensar que las orientaciones homosexuales adultas responden simplemente a una fijación en los anhelos bisexuales infantiles. Es mucho más complejo el camino a la identidad sexual y a la elección de objeto.

La orientación sexual no es definida por una práctica activa, sino regida por los deseos, las fantasías y las investiduras eróticas que perduran desde la infancia, sean actuadas o no. Por ello es esencial hablar de «homosexualidades», en plural, pues la homosexualidad incluye actos, objetos y estructuras que dan forma a la sexualidad, tal como podemos encontrar en las heterosexualidades. Por ello es importante escuchar en cada uno, la «teoría sexual» que soporta su sexualidad.

Para Serge André, la historia de la homosexualidad es la historia de la homosexualidad masculina. Desde los clásicos, es muy poco lo que se lee sobre homosexualidad femenina. Parecería que nunca se le concedió mucha importancia, en tanto uno de los supuestos es que el erotismo entre mujeres no supone los mismos riesgos (concientes e inconcientes) que el erotismo entre hombres. Pero la homosexualidad femenina y la masculina no son simétricas; las relaciones sexuales entre mujeres no son, en esencia, del mismo tipo que las que pueden darse entre hombres. Se trata de otra clase de erotismo y no de una réplica. Mientras en los hombres homosexuales se puede prescindir de toda referencia al otro sexo y formar una especie de circuito cerrado, la homosexualidad femenina- tal como cita S. André- implica la presencia, al menos potencial, de un tercero masculino a quien se le plantea su pregunta y su desafío: «¿Se puede amar de verdad a una mujer si se es un hombre?», «¿Cómo se ama a una mujer?», «¿Es posible hacer gozar a una mujer sin ser un hombre?». Preguntas que abren la vía a las diferencias clínicas en el terreno mismo de las homosexualidades femeninas.

Desde una concepción que toma como referencia el Edipo positivo, el hombre homosexual le deja todas las mujeres al padre para evitar todo conflicto con él. Por el contrario, la mujer homosexual le deja todos los hombres a la madre y desafía al padre en el terreno mismo de su deseo. Allí donde el hombre homosexual desiste, la homosexual, por el contrario, desafía el deseo paterno disputándole las mujeres y las insignias fálicas.

A nivel del acto sexual, en el caso del varón, está siempre el tabú de quién toma y quién se deja tomar; quién sodomiza y quién es sodomizado. Es decir que, en el momento del cuerpo a cuerpo, siempre habrá la cuestión donde uno de los dos adopta la posición de un hombre que se hace tratar como mujer. Sea cual sea la idealización de la virilidad que supone, la homosexualidad masculina pone en juego la posibilidad de una degradación de la virilidad y de su símbolo. En ese sentido, es más frecuente la culpabilidad que afecta al homosexual, en particular si se trata de un neurótico, y que no es tan evidente en la homosexual. En ella, en cambio, son más fuertes las angustias ligadas a fantasías de daño corporal o las que ponen en evidencia la división subjetiva, la pregunta misma por la feminidad. En muchas homosexuales está el convencimiento de que lo femenino pertenece únicamente a la madre.

La predilección sexual de una persona sólo se convierte en un problema clínico en la medida en que le produzca sufrimiento psíquico. Por ejemplo en homosexuales que sienten que a los ojos de su familia, de la sociedad, de ciertos valores, deberían ser heterosexuales, más allá de que su vida sexual sea satisfactoria. Muchas veces se trata de personas que, en el curso de un análisis descubren que terrores inconcientes le impidieron las relaciones heterosexuales. Pero en la mayoría de los casos, se aferran a la orientación que han asumido y al analista no le corresponde decidir la conveniencia o no del cambio de orientación.

Una pregunta nos queda pendiente respecto a la homosexualidad: ¿siempre hay que considerarla un síntoma o, por el contrario, sólo una versión posible de la sexualidad masculina o femenina? Más aún cuando en la vida de los heterosexuales encontramos también una variedad infinita de guiones eróticos, de objetos fetiche, de disfraces, de juegos sadomasoquistas, etc. que son como espacios privados en su vida amorosa, no compulsivos ni indispensables para llegar al placer sexual.

Las preferencias sexuales sólo son un problema para analizar cuando el sujeto vive su forma de sexualidad como fuente de sufrimiento. Muy pocas veces las personas están dispuestas a perder las soluciones eróticas que encontraron para resolver su problemática sexual.

Hay otras soluciones eróticas que se resuelven, esta vez, en el terreno de las llamadas perversas. La mayoría, tales como el fetichismo, las prácticas sadomasoquistas, el exhibicionismo, el voyeurismo, etc., son tentativas complicadas de mantener alguna forma de relación heterosexual. La condición para considerar perversas a las relaciones sostenidas por estas características es que uno de los partenaires sea completamente indiferente a la responsabilidad, las necesidades o los deseos del otro. Se trata de actos que casi siempre tienen que ver con acciones sexuales condenadas por la ley (abuso sexual de menores, exhibicionismo, violación…). Se trata, generalmente, de un forzamiento más allá del cuidado por la supervivencia del otro o del que ejecuta el acto. Esto es característico tanto de las relaciones sádicas como de las masoquistas. En ellas se hace valer el carácter absoluto de la maldad del goce, no por placer sino porque debe ser; deber que va más allá de los intereses vitales; deber más grande que la vida y el placer. No tiene límites mientras se consagra a él.

En todo deseo coexiste un núcleo perverso. De allí que la génesis de las perversiones podamos buscarla en el interior mismo de la sexualidad considerada «normal». No podemos pensar en perversiones que no sean sexuales. Freud es claro en esto cuando afirma que «en ningún hombre normal falta un agregado de carácter perverso al fin sexual normal y esta generalidad es suficiente para hacer notar la impropiedad de emplear el término perversión en un sentido peyorativo».

La génesis de las perversiones no puede ser revelada más que en los niños puesto que perversos y neuróticos conservan su sexualidad en estado infantil o han retrocedido hasta él.

La búsqueda de placer en el cuerpo erógeno, la curiosidad, el voyeurismo, el exhibicionismo y la crueldad están ya presentes como impulsos en la sexualidad infantil, mucho antes de que la genitalidad haya madurado en él, mucho antes que haya captado su alcance y su sentido.

Si las pulsiones sexuales y de crueldad aparecen tan temprano en la vida del hombre, si ellas pueden satisfacerse en zonas del cuerpo y en objetos que no son «preparados» por la naturaleza como específicos para satisfacerlas, tenemos que pensar que las soluciones eróticas en cada ser hablante, llevarán el sello de aquello que Freud nombró como una sexualidad infantil, perversa y polimorfa.

Referencias bibliográficas

  • Bataille, Georges (1957): El erotismo. Tusquets Editores, Argentina, 1997,
  • Freud, S (1905): Tres Ensayos de Teoría sexual. Obras Completas, Amorrortu Editores, Argentina, 1992
  • Freud, S (1910): Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre. En: Contribuciones a la psicología del amor, I. Obras Completas, Amorrortu Editores, Argentina, 1992
  • Freud, S (1912): Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa. En: Contribuciones a la psicología del amor, II. Obras Completas, Amorrortu Editores, Argentina, 1992
  • Freud, S. (1918): El tabú de la virginidad. En: Contribuciones a la Psicología del amor, III. Obras Completas, Amorrortu Editores, Argentina, 1992
  • André, S. (1995): La impostura perversa. Ediciones Paidós, España, 1995
  • Dicker, S. (1998): El goce en el Marqués de Sade. En Metaphora, Publicación del GEP Guatemala, Guatemala, 2003

Notas

* Psicoanalista en Guatemala. AME de la NEL (Nueva Escuela Lacaniana) y de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis).

Fecha: 16/03/2007
Modalidad: Presencial
Lugar: UNAM-Colegio de Pedagogía

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El cuerpo en la cultura contemporánea

El cuerpo en la cultura contemporánea

Enric Berenguer

En cierto modo, como ustedes saben, el psicoanálisis empezó con el encuentro entre Sigmund Freud y una serie de pacientes histéricas que cuando empezaban a hablar de sus síntomas, el cuerpo era algo que ocupaba un lugar fundamental en este diálogo entre paciente y psicoanalista. Así que de alguna manera la reflexión sobre el cuerpo y sus síntomas es algo evidente a la reflexión psicoanalítica.

Ahora bien, vamos a tratar de tomar el tema con una cierta amplitud, no nos vamos a limitar a considerar sólo las formas actuales de los síntomas histéricos sino que prefiero empezar, tratando de situar algunas nociones fundamentales sobre qué es el cuerpo en psicoanálisis. Debido a que sólo a partir de la complejidad de estas definiciones, podemos luego entrar en detalles a analizar y discutir los fenómenos concretos de los que nos vamos a ocupar. En particular, todos los fenómenos tanto culturales como químicos de la concepción del cuerpo en nombre del psicoanálisis.

Vamos, les pido un poco de paciencia porque introduciremos algunos conceptos para poder de nuevo reflexionar de un forma, podemos decir, más ajustada. Esto es necesario ya que el problema radica en que el cuerpo es algo que siempre está sujeto a una falsa evidencia. A todo el mundo le parece obvio: tenemos cuerpo, el cuerpo es lo que más vemos de nosotros mismos. Mientras que la mente es una realidad discutible, existe o no existe; y es una construcción, una entelequia. Tenemos la impresión de que todos sabemos qué es un cuerpo y ahí, de alguna forma, comienzan todos los malentendidos.

El cuerpo es una realidad sumamente compleja; entonces por qué creemos que el cuerpo es algo tan simple. La creencia de que el cuerpo es una realidad simple, una realidad material, es reciente y es efecto de la incidencia del discurso de la ciencia sobre nosotros. Gran parte de las cosas que pensamos – incluso de las cosas que pensamos sin darnos cuenta – tiene mucho que ver con la educación cultural; en particular, supone la introducción del discurso científico a partir del siglo XVI. Esto introduce un modo de discurso que reinterpreta el mundo, y el cuerpo es una de las realidades reinterpretadas a partir de este discurso científico. La ciencia ha producido un vaciamiento que, en muchos casos, tiene la dimensión del desencantamiento que, como efecto desaparece toda una dimensión tanto religiosa y mágica del mundo como de los fenómenos del cuerpo ahí implicados, y es sustituida por una concepción en la que se supone accedemos de modo directo a una serie de realidades objetivas sin la mediación de ningún sentido.

Es decir, cuando pensamos que tenemos un cuerpo supone la tendencia a considerarlo como una realidad material ajena al sentido, creemos que accedemos a eso. Hay que decir que eso es falso. Me refiero entonces a una cierta ideología científica que se impone de una forma, digamos, inconsciente, y que en cierto modo va mucho más allá de la ciencia estrictamente en su aplicación o bien en sus relaciones propiamente científicas. En esta especie de ideologización de la ciencia muchas veces se produce algo que es difícil advertir, pero es la construcción de un mundo en el que, bajo esta aparente utilidad, también se cuelan toda una serie de significaciones suplementarias.

En particular, para los ( ), nombre de una tribu del Brasil estudiada por Lévis-Strauss, en la cual el cuerpo estaba ligado a toda una serie de significaciones ordenadas a una cosmología, una mitología; de hecho, nosotros también tenemos nuestra propia mitología que no se reconoce como tal, pero en la que inciden toda una serie de elementos importados de esta ideología cientificista y algunos otros elementos más.

Bien, entonces, vamos a dar un poco marcha atrás, e intentar empezar por el principio: qué es el cuerpo en psicoanálisis, cómo podemos descomponer esta realidad aparentemente simple y prolífica.

La primera tesis simple que voy a plantear para empezar esta reflexión es: el cuerpo es una realidad compleja que se distribuye entres estas tres categorías; el cuerpo participa de lo real, en sentido lacaniano, participa de lo simbólico y de lo imaginario. De hecho, desde los años cuarenta hasta los años ochenta de la enseñanza de Lacan, se puede decir que Lacan hace toda una serie de reflexiones que van descomponiendo esa realidad en estos registros y la especificidad de cada uno de ellos; es decir, un cuerpo imaginario, un cuerpo simbólico y un cuerpo real.

En cierto modo, tenemos que cualquier consideración de cualquier tema ligado al cuerpo habrá de tener presente estos tres registros. Desde luego, el cuerpo no deja constituir una realidad única que debe entenderse como la articulación (concepto que luego retomaremos), el anudamiento entre estos tres registros. Digamos que estos anudamientos se producen de formas, podríamos decir, particulares y complejas en cada uno de los individuos corporales.

Una primera aclaración que es importante hacer con relación al concepto de lo real. El concepto lacaniano de lo real no se refiera a la realidad en sentido corriente. Más bien, Lacan en este punto retoma de la idea freudiana de que lo que entendemos por realidad es más bien una construcción, una especie de pantalla con una asunción, un tipo de defensa con respecto a un mundo exterior que se presenta al sujeto como amenazante en el momento de construirse. Entonces lo real para Lacan tiene que ver justamente con todo aquello que queda fuera de la constitución del campo de la realidad; es decir, hay una oposición entre lo real y la realidad. La realidad es una construcción mientras que lo real se refiere al residuo que de alguna forma queda como ajeno, exterior a este campo; y corresponde en Freud fundamentalmente al registro de la pulsión.

Normalmente la relación que tenemos con el cuerpo es una relación más bien de tipo silencioso, el cuerpo generalmente no nos molesta demasiado y entonces la dimensión de lo real no suele hacerse manifiesta en el cuerpo porque estamos instalados en el predominio de una realidad homeostática, en términos freudianos, que deja afuera todos aquellos estímulos que pudieran resultarnos mortíferos. Ahora bien, precisamente todos los fenómenos sintomáticos, los síntomas, pueden considerarse, en primer lugar, como la irrupción más allá del canon de esta realidad homeostática, de esta otra realidad que corresponde a aquello de lo corporal que no fue integrado en el mundo de la construcción de nuestro cuerpo.

Por ejemplo, esto lo podemos encontrar en los fenómenos de angustia. Los fenómenos de angustia que, como ustedes saben, son vivencias en las cuales el cuerpo siempre está implicado, representan la irrupción de esta dimensión real del cuerpo, en sentido lacaniano que, en cierto modo, son como la irrupción de una punta de iceberg que desgarra el tejido de la realidad y nos pone en conexión con este otro registro de lo pulsional que no tiene representación para el sujeto. Por ejemplo, alguien puede estar tranquilamente hablando con sus amigos, con su pareja o viendo una película y digamos que; normalmente, en ciertas situaciones lo mejor que puede ocurrir con el cuerpo es que no nos hable, o bien que nos olvidemos de él. Pero, cuando uno está con una persona y el cuerpo da señales de que también existe, desde luego, lo hará molestando, por ejemplo, el corazón empieza a palpitar, ahora toda la atención estará dirigida a este interlocutor, quedando la atención completamente trastornada por su irrupción. Este elemento que irrumpe en la escena, es decir, pongámoslo así, me encuentro hablando con un interlocutor mientras estoy instalado en este campo de la realidad, un campo neutralizado o relativamente neutro en el cual ningún estímulo demasiado intenso compromete una cierta regulación, un cierto equilibrio; de pronto, la dimensión de lo pulsional emerge y se entromete. La primera consecuencia evidente es la imposibilidad de sostener ese diálogo con el interlocutor: va a quedar comprometida pues hay algo del cuerpo que reclama una atención inesperada. Por un lado, ese tipo de fenómenos (adelantando un concepto que luego abordaremos) que tienen que ver con la irrupción de algo del cuerpo vinculado con lo real en tanto, podríamos decir, imposible de simbolizar y que sólo surge de una forma sintomática.

Por otro lado, hemos puesto también en la pizarra la letra I que corresponde al registro de lo imaginario, Lacan hace también todo una serie de elaboraciones en relación a la dimensión del cuerpo como imaginario. A qué se refiere, se refiere a que durante los primeros años de vida, es algo que se puede ver perfectamente en los bebés y en los niños de hasta dos años, se produce todo un trabajo de ordenamiento del cuerpo, pasando de un cuerpo que está carente de un sentimiento, de una imagen constituida, en la que de alguna forma hay signos de una falta de control tanto a nivel motriz como de apropiaciones en el sentido de la identidad imaginaria. El niño hará un trabajo de construcción a través del cual va a identificarse él imaginariamente como el propietario de ese cuerpo en el espejo. Pero, al mismo tiempo, eso es inseparable de un trabajo de control motriz, que consiste en que el niño aprende a controlar sus miembros, su mano, por ejemplo, y va adquiriendo una imagen corporal que está vinculada con su identidad. Vemos que esto es importante porque muchas patologías en la infancia eso siempre está comprometido. Esta construcción estable del cuerpo imaginario a través de la cual el sujeto se apropia de la imagen de su propio cuerpo, no sólo es una cuestión de apropiación externa sino que en cierto modo hay toda una especie de organización del cuerpo a nivel de autoproducir una unidad, es la constitución de una unidad corporal a partir de sus primeras experiencias.

Las autopercepciones del bebé no constituyen una unidad; más bien, tras la experiencia corporal de un sentimiento de fragmentación, hay un trabajo laborioso de constitución de una unidad donde se produce un cierto pasaje de un cuerpo (en el que lo real en tanto manifestaciones de estímulos diversos amenazantes y experimentados como angustiantes en el niño) dan lugar posteriormente a la aparición de un cuerpo imaginario que se superpone al cuerpo real, y de este modo calma todas las manifestaciones de angustia que están vinculadas con esa dimensión real del cuerpo. De alguna forma, el desarrollo del niño va en esta dirección: de las sensaciones autoprotectivas, fragmentadas, angustiantes y sensaciones de falta de control a la construcción de un cuerpo que se superpone al real, produciendo un efecto de tranquilización, de pacificación y de identificación.

La cuestión es entonces cómo hacemos intervenir en este esquema el cuerpo en tanto que simbólico. Bien, me quede comentándoles que Lacan, si bien el resultado de este proceso del desarrollo del niño es la constitución de un cuerpo imaginario que, ahí donde había una multiplicidad de lo real con su desorientación se va a producir una unidad armónica a través de la mediación de la relación con otro, el Otro va a poner a disposición del sujeto una serie de herramientas fundamentales para que el trabajo de constitución de la unidad imaginaria alcance un buen fin. En este proceso en el que la dimensión real del cuerpo se sustituye por una dimensión imaginaria, hay la pacificación de elementos por mediación simbólica. Además son fundamentales, dependientes, por así decir, de la intervención de una figura externa, que Lacan describe con el Otro con mayúsculas, la letra A. Así para que este proceso pueda constituirse se requiere de la mediación de elementos simbólicos aportados por el Otro.

Para Lacan, cuando hablamos de lo simbólico no nos referimos sólo al hecho de hablar, sino a toda una serie de elementos organizados en el discurso, en los cuales, desde luego, hablar guarda un lugar importante. Pero también implican los ritmos presencia-ausencia, la lógica de la separación y, precisamente, en toda esta trípode los elementos simbólicos constituyen la aportación externa de otro; en cambio, lo real que está allí se encuentra vinculado con algo de la pulsión que nadie controla, no lo controla ni el Otro ni el niño ni nadie.

En realidad, lo simbólico como elemento introduce lo imaginario; es el resultado que obtiene el propio individuo a partir de estas dos dimensiones: real y simbólico. Es un poco el esquema básico por el cual todo se va a ordenar en el psicoanálisis y vamos a ver que los distintos fenómenos ligados al orden corporal se inscriben de alguna forma en algún tipo de articulación particular en este esquema.

Por ejemplo, empezamos por lo más básico, la motricidad de un niño, un niño tiene trastornos motrices o no, la motricidad muchas veces es uno de los síntomas de que algo en este proceso de apropiación del cuerpo y de su unidad está fallando. En vez de banalizar ciertos problemas motrices como simples repercusiones de no sé qué problema somático, hay que tener en cuenta que deben ser verdaderos fenómenos sintomáticos que incluyen algún tipo de riesgo o fracaso. Esto no quiere decir que no haya fenómenos estrictamente orgánicos en juego, pero justamente una de las cuestiones fundamentales para el diagnóstico precoz es poder establecer la distinción entre los fenómenos orgánicos y los fenómenos que pueden parecer fenómenos orgánicos pero que son fenómenos que tienen que ver con el fracaso de la apropiación imaginaria del cuerpo. Es todo un debate complicado y de colaboraciones entre neurólogos y psicoanalistas. El psicoanalistas no puede a priori afirmar que un fenómeno tiene un naturaleza química, más bien, tendrá que discutirlo con el neurólogo quien construye una hipótesis si este problema es debido a una especificidad o debido a una lesión, etcétera. En este dialogo el psicoanalista podrá orientarse si el problema está en el dominio imaginario del niño.

Tenemos este tipo de fenómenos ligados a la dimensión de la apropiación imaginaria en la infancia. Vemos también los síntomas histéricos que son fenómenos, no siempre, pero que muchas veces son fenómenos que se expresan a través del cuerpo. Por ejemplo, las primeras pacientes de Freud que padecían síntomas de parálisis o anestesias en algún órgano externo, manos, etcétera. Bien, aquí vemos algo distinto, no se trata de un trastorno en la apropiación imaginaria del cuerpo sino que, como Freud demostró, es un fenómeno distinto.

El cuerpo se convierte en una especie de extraño libro enigmático en el cual se escriben mensajes que hay que descifrar. Advertimos que esta constitución de la realidad imaginaria del cuerpo está también presente. En este sentido la dimensión simbólica que hace que de alguna manera el cuerpo no sólo participe de lo simbólico en tanto elemento de apropiación fundamental para esta constitución, sino que de una forma permanente el cuerpo va a quedar constituido como un lugar distinción. Entiendan la distinción. Una cosa es que los elementos simbólicos intervienen en la construcción del cuerpo como un imaginario, pero además, digamos, que hay otro aspecto fundamental que resulta de la participación de lo simbólico en la constitución misma del cuerpo como una realidad, va a quedar como una característica permanente del cuerpo que, además de una realidad imaginaria, es un lugar de inscripción de ciertos mensajes que se pueden descifrar y que son los síntomas histéricos. Freud, en su primera forma de conseguir esta cosa realista con respecto a estos síntomas, era alguien quien veía una paciente con una parálisis e introducía en el dialogo con esta paciente la suposición de que eso tenia algún sentido. El fenómeno que se le presentaba como anomalía portaba un sentido, a partir de la interpretación del sentido de ese síntoma se producía una modificación, una disminución, una supresión o una modificación. A partir de lo cual Freud construye una primera definición del síntoma equivalente a un mensaje. Pero un mensaje que se inscribe en el cuerpo.

También de alguna forma además de los fenómenos sintomáticos, hay toda una serie de fenómenos que podemos tener en cuenta que se inscriben en un terreno muy distinto: el lugar que el cuerpo ocupa en el plano de lo sexual. Porque una de las características del cuerpo es que ocupa un lugar fundamental, no en toda las formas de sexualidad; si bien es cierto que hay lo que se llama una sexualidad sublimada donde parecería que el cuerpo no tiene un papel fundamental. Pero en su dimensión más originaria la sexualidad es una realidad en la cual lo corporal está implicado en una forma fundamental y advertimos que eso es una dimensión del cuerpo que compromete siempre de una forma particular y específica la dimensión de lo real del cuerpo en la medida que en la sexualidad, de modo directo a desfasado, siempre hay la intervención de lo pulsional.

Así que en los fenómenos que tienen que ver con la sexualidad, el cuerpo participa en tanto que real porque, justamente, la sexualidad es un domino donde la dimensión de lo pulsional interviene de una forma, por así decir, intrínseca, idónea.

Finalmente, la temporalidad en la sexualidad en el campo del silencio en el que algo de lo pulsional se articula, se manifiesta. Pero ¡cuidado!, la sexualidad no es la pulsión en tanto real puramente desbocada, más bien, la característica de la sexualidad constituye un dispositivo que retoma algo del cuerpo pulsional para qué: para domesticarlo y regularlo. En toda manifestación sexual, justamente, hay un procedimiento que consiste en tomar algo de lo pulsional pero introduciéndolo en un discurso ordenado simbólicamente y asimismo lo conecta con la dimensión del cuerpo en tanto que imaginario, por qué: si bien las manifestaciones pulsionales en donde la sexualidad siempre está en juego, también está el cuerpo fragmentado; en la pulsión y en toda la sexualidad hay un velo a fin de que el fragmento pulsional no se aísle de una forma siniestra, sino que al contrario nos viene a tiempo para conciliar esta presencia de lo pulsional con la sensación de pertenencia y control corporal.

Por ejemplo, cuando una persona tiene un acto sexual, presta algo de su cuerpo para que el otro goce de esa parte de su cuerpo, sigue teniendo una serie de mecanismos que impiden que viva eso como perder una parte de su cuerpo. No lo vive como una mutilación sino que conserva el sentimiento de que el otro se relaciona con él a través de esa parte de su cuerpo. ¡Ojo!, esto puede parecer evidente, pero para un paciente psicótico puede no ser visto así, al contrario puede significar la presencia de esta dimensión fragmentaria de lo pulsional con la impresión de que el otro le está arrancando una parte de su cuerpo, algo de él. Mientras la sexualidad es un terreno donde las cosas funcionan entre comillas, disfuncional en la forma normal; de lo que se trata es de una operación, una especie casi de rito cotidiano (luego diré porque el rito) a través del cual tenemos nuestra cita con lo real. Una cita coordenada y placentera, a veces le buscamos un poco morbo y excitación. El máximo de presencia de lo real que toleramos en nuestra sexualidad es esa especie de límite de una excitación, inquietud o incertidumbre.

En España, se designa con el nombre de el morbo, “me da morbo”, ¿se usa aquí?, hay un paciente mío que es norteamericano, vive hace años que en España y dice que lamenta enormemente que en inglés no pueda decirse morbo, porque el morbo es una palabra fundamental. Es verdad, el morbo representa muchas cosas que tienen que ver con esta zona de la sexualidad donde hay la emergencia de lo inquietante, pero lo convertimos en algo placentero, estimulante, todo lo que encontramos excitante.

Como decíamos, en la sexualidad tratamos de producir una especie de domesticación de la pulsión, aunque siempre puede haber momentos en los que eso fracase y se producen fenómenos de angustia. De la misma manera podemos decir que el síntoma histérico es un fracaso del anudamiento de los tres registros, por qué: en el síntoma histérico hay un predominio de la ilusión real pulsional y simbólica del cuerpo que irrumpen fracturando el sentimiento de unidad corporal. En particular, un sujeto histérico puede decir muchas veces que su órgano afectado por el síntoma se comporta como un cuerpo extraño como si no lo obedeciera. Con frecuencia sucede en los fenómenos sintomáticos tanto en el campo de la sexualidad como en el campo de los síntomas corporales, se pueden entender como momentos en donde emerge algo y se produce un desequilibrio o un quiebre entre la dimensión real, simbólico e imaginaria.

Este es un poco el campo de lo que sería la consideración del cuerpo por parte del psicoanálisis. Habría que añadir un campo de articulación interesante para el psicoanálisis a partir de estos conceptos fundamentales que consideran los fenómenos que tienen que ver con la incidencia de la cultura y la civilización en el cuerpo.

Si bien el cuerpo es síntoma histérico, una realidad discursiva en la puede inscribirse algún tipo de mensaje; de la misma manera, la cultura como discurso produce una serie de elaboraciones donde el cuerpo ocupa un lugar fundamental. Encontramos una de las primeras manifestaciones de la cultura humana cuando se hacen cosas con los cuerpos. En España, hace algunos años hubo el descubrimiento de enterramientos de neandertales, encontraron uno de los últimos reductos de neandertales en el sur de España. Es interesante la cuestión de los debates entre los antropólogos, los etnógrafos y los historiadores sobre si esos enterramientos son casuales o no. O sea, es casualidad que estén todos muertos en el mismo agujero o porque allí cayeron o eso responde a una maniobra voluntaria. Si fuese un enterramiento voluntario implicaría que hay una cultura exactamente igual, bueno, esto parece una exageración; más bien, parecida a lo que consideramos como humano. Es decir, una de las primeras manifestaciones de la cultura humana recae en el cuerpo como una realidad que, no sólo como práctica objetiva, surge como objeto de ciertas prácticas referidas fundamentalmente al trabajo de la cultura con tres registros distintos. Uno es el cuerpo en tanto dotado como lo simbólico en la cultura, por ejemplo, en los enterramientos, el cuerpo como portador de la identidad simbólica de aquel que es su propietario. El cuerpo de una persona muerta es objeto de una serie de ritos simbólicos que tratan de reconocer en lo corporal lo simbólico de la persona. El segundo tiene que ver con el trabajo de la cultura con lo imaginario, las elaboraciones que sitúan el cuerpo en el registro de lo bello, de lo que se adorna, los enterramientos prehistóricos con hallazgos tales como collares de cuentas que indican que el ser humano desde entonces adorna el cuerpo. La cultura se ocupa de esta función de embellecimiento del cuerpo, que tiene un vínculo con la dimensión imaginaria del cuerpo.

Finalmente, cómo la cultura se ocupa de la dimensión del real del cuerpo, en todas las culturas un elemento fundamental, por no decir el más fundamental, consiste en la regulación discursiva de todo lo que tiene que ver con las manifestaciones pulsionales: desde la sexualidad, de lo que está permitido a usted y de lo que no le está permitido a usted, en qué condiciones se puede uno satisfacer sexualmente, con qué modalidades…, pero también otras formas de regulación de lo pulsional que tienen que ver con la satisfacción oral en la cultural como la comida; con las formas de arte que en primera instancia están regulando algo de lo pulsional; con la música; las producciones gráficas son muchas veces obras a través de las cuales todo eso que tiene que ver con la realidad pulsional del cuerpo que es trabajada, domesticada.

Así, nos encontramos en un dominio que, por un lado, constituye las relaciones de psicoanálisis con la realidad del cuerpo y, por otro lado, otro campo anexo de la realidad del cuerpo como objeto de una elaboración cultural. La cuestión es saber si hay o no puntos de entrecruzamiento a fin de hacer un tipo de trabajo, de un pasaje de un campo a otro, discernir si el psicoanálisis puede aportar algo o no en el límite del campo de la antropología, de la geografía, de la sociología o bien, si son campos separados. Para mí desde luego, sí.

Hay una historicidad de los fenómenos ligados al cuerpo donde hay que tener en cuenta cómo en cada momento de la historia de la humanidad toda esta estructura (que hemos podido dibujar a partir de esta idea del cuerpo en los tres registros) se va articulando, produciéndose de forma distinta hasta el punto que podemos decir que hay una historicidad del síntoma. El síntoma como manifestación de esa dimensión simbólica del cuerpo en la cual participan lo real que convierte al cuerpo en un lugar de inscripción, de un mensaje. Esto no se produce igual en distintos contextos culturales e históricos: hay pues una historicidad.

Lacan entra en dialogo con estas disciplinas. Y lo hace en una forma muy precoz, incluso antes de que él mismo se situara de una forma clara en el campo del psicoanálisis (hace su formación como psiquiatra) porque ya tiene una serie de efectos en los cuales se va acercando al psicoanálisis mediante los cuales se ven claramente algunas indicaciones de que para él la dimensión de la historicidad de los síntomas era mucho más concreta. No como en el caso de Freud cuya distinción estaba entre el hombre actual y el prehistórico. No ese trata de estas historizaciones, en términos factoriales. Lacan le da una historicidad al síntoma a una escala más microscópica, los síntomas pueden cambiar en veinte años, es lo que aporta Lacan. Esto puede verse en una cita muy bonita, en uno de sus primeros textos que se llama, Los complejos familiares, ahí se ve que hay una historicidad de los síntomas.

Entonces Lacan abre un campo de reflexión muy interesante porque desde la sociología, la etnografía qué se puede decir sobre los usos del cuerpo en una cultura determinada, y encontrar las consonantes con el psicoanálisis sobre las características de los síntomas. Se puede decir de una forma rápida y sencilla, los síntomas histéricos han cambiado en una forma espectacular ¡ojo! eso no quiere decir que hayan cambiado todos, no han cambiado todos. Digamos: el mundo no es monolítico. Cuando decimos en nuestra época; bueno, ¡en nuestra época hay de todo!, hay seres que siguen viviendo según construcciones simbólicas propias del siglo XIX y en cambio hay personas que viven habiendo interiorizado toda una serie de coordenadas simbólicas de nuestra época: hay una gran complejidad.

Aunque sí puedo decir una cosa sencilla, cuando yo empecé hacer práctica, fui a un hospital a hacer prácticas de psicología. En mis prácticas de psicología iba a buscar a ver si encontraba a las histéricas de Freud en el hospital y, ¡las encontré! Ahora esto ya no pasa, ya no puede suceder porque las histéricas rarísimamente son ingresadas en un hospital psiquiátrico durante un mes; actualmente es muy difícil por muchas cosas. Porque la histeria ha cambiado, además hay toda una serie de medicaciones que pueden producir un cierto despistaje en algunos cuadros psicóticos. En particular, a una señora que yo vi en una época, ahora le hubieran dado una medicación que le hubiera permitido hacer una especie de equilibrio, le hubieran dado un anti-psicótico y se hubieran sorprendido de que seguía igual, debido a que no era una psicótica sino una histérica. En aquella época todo esto era mucho más rudimentario, encontrabas histéricas encerradas durante tres meses en hospitales psiquiátricos, era interesante porque podías hablar con histéricas muy parecidas a las de Freud, por supuesto, a mí me parecían antiguas ya en aquella época.

Lo cierto es que actualmente eso despareció, por qué: realmente la historicidad del síntoma no se debe a una casualidad ni a una influencia inespecífica o indirecta sobre el síntoma, sino tiene que ver con algo mucho más auténtico: el sujeto histérico construye su síntoma en una relación de diálogo inconsciente con el representante contemporáneo del discurso científico. El síntoma histérico es uno dirigido a la ciencia como tal. Así como las histéricas antes eran brujas y las quemaban en la hoguera cuando el referente fundamental del discurso del amo era la religión; con el inicio de la medicina científica, las antes brujas quemadas en la hoguera, acaban siendo las pacientes de los psiquiatras.

Y qué es lo que ocurre, si las manifestaciones precientíficas de la histeria tienen que ver con la brujería, las manifestaciones contemporáneas de la histeria tienen que ver con problemas médicos, entonces la historicidad del síntoma histérico no es extrínseca ni se debe a una especie de influencia de que, claro, todos somos seres de nuestro tiempo, sí, está bien, pero lo que está claro es que eso se debe a un mecanismo más profundo: el sujeto histérico construye su síntoma en dialogo con el discurso. Cuando la predominancia del discurso religioso, los síntomas fundamentales eran la posesión demoníaca. Y frente a la emergencia de la ciencia en la medicina científica con una pretensión de ser los amos del mundo, porque no se crean ustedes que cuando los médicos entraron en la escena eran unos seres humildes, tenían la pretensión de que el mundo había accedido ya a su madurez, el médico era un representante fundamental de un nuevo orden mundial. Las histéricas que antes se dirigían a los sacerdotes como los representantes, los amos del mundo, simbólicamente, aparecen los médicos y de repente las histéricas reconocen en los médicos a un nuevo interlocutor. Ahora ya no se trata de los demonios, sino de las manifestaciones del desarrollo científico.

Esta historicidad intrínseca de los síntomas histéricos en efecto hace que en la actualidad ya no se vean crisis histéricas, pero…ya no se ve, bien, es posible que sí, en algún pueblo remoto pueda encontrarse alguien que no haya visto mucho la televisión, esas cosas, por qué: porque constantemente cuando una persona está en contacto con los medios de comunicación gran parte del día, mediante esos elementos discursivos, va a organizarse y también va a organizar su síntoma.

Bien, entonces, por un lado, hay un campo de entrecruzamiento ya muy claro entre la reflexión del psicoanálisis, la sociología y la antropología que tiene que ver con la historicidad del síntoma como tal. Pero más allá del caso concreto de las formas nuevas de la histeria, que luego describiré con más detalle, hay algo más. También hay una cierta aportación del psicoanálisis en la coordinación del cuerpo en la actualidad, no totalmente desde el punto de vista del síntoma histérico, sino desde el punto de vista del cuerpo en tanto que posee un valor sexual y eso hace que el cuerpo se convierta en el centro de toda una serie de prácticas y discursos reguladas culturalmente que tienen forma históricas no ya histéricas, sino históricas.

Toda la evolución de las formas de la sexualidad nos permite a los psicoanalistas ver que hay algo que podemos considerar cultural, pero también hay algo que evoluciona de una forma más amplia. Por ejemplo, los estados que habían restringido las prácticas del encuentro sexual, sino que se trata de un campo más amplio en donde el cuerpo opera como un elemento vinculado con las prácticas de la satisfacción, ¿se entiende? La sexualidad no sólo como una cuestión de hacer el amor sino vinculada con muchas otras cosas; de modo especial, con el cuerpo ligado a la prácticas de la satisfacción.

¿Qué es lo que ocurre hoy? Si pudiéramos hacer una priorización espontánea, vemos, a vista de pájaro, una serie de pases en las que la cuestión del cuerpo se plantea siguiendo una serie de pautas históricas que no son meramente una cronología sencilla, tales como en el año 68 pasaba esto y en el 73 esto otro, no; sino como grandes períodos. La cuestión del cuerpo se modifica parcialmente y se trata de encontrar las correspondencias con estos grandes períodos.

En primer lugar, hay toda una época antigua que puede ser bastante extensa en la que el cuerpo está vinculado con dos registros a nivel discursivo. Por un lado, están todas las incidencias del discurso religioso en la consideración del cuerpo, el uso del cuerpo está regulado y controlado por el discurso religioso, cuya característica es por ejemplo, la limitación del derecho a votar, no se podía votar de cualquier manera, lo más seguro es que esté mal ya le diremos a usted cómo se puede hacer. Por otra parte, para la mente, hay en lo que podemos llamar de una manera grosera, en sentido francés, a grosso modo, en el mundo antiguo el cuerpo está muy ligado a cierta zona de sabiduría, que tiene que ver con discursos en los que predomina la idea de una regulación, que busca un equilibrio, un dominio del cuerpo. Michel Foucault escribió la historia de la sexualidad, hace un estudio de todas estas prácticas de regulación del cuerpo en la antigüedad y eso es algo que tiene muchas manifestaciones, el cuerpo como el centro de toda una sabiduría cuyo mensaje fundamental es cómo usarlo de una forma ordenada.

Luego vemos que hay una fractura importante cuando la ciencia irrumpe en todo este negocio, en especial, a través de la punta de lanza de la medicina. Entonces tenemos un nuevo referente, el cuerpo se va a convertir en el campo de prueba de presentación de un discurso científico que pretende desplazar al discurso religioso; predomina ahí la idea de la higiene que en cierto modo va a sustituir el discurso de la sabiduría del campo religioso.

Es muy interesante porque el discurso médico introduce una especie de mito entre la salud y el buen comportamiento, entonces, el discurso médico desplaza al religioso: ya no va a decir qué es pecado, ahora dirá qué no es bueno: No es bueno para qué o para quién, “usted enfermará”, “si se masturba no está mal porque Dios se lo prohíbe, sino porque enfermará”, esto es el discurso higiénico.

Es sugestivo que el discurso médico es una especie de confluencia con el discurso religioso, pues retoma el lugar de la prohibición, y algo de las sabidurías antiguas. También introduce en todo esto la consideración de un cierto equilibrio de la búsqueda del punto medio, y una cierta idea de educación del cuerpo.

Hay que educar, antes la gente no sabía que tenía que educar al cuerpo, vivía con un cuerpo y pensaban más bien que hay que taparlo, no mojarlo demasiado, estas cosas… Luego no es suficiente, al cuerpo hay que educarlo. La característica del discurso médico cuando se introduce como discurso dominante es ¡ay! cómo se alimentan los niños, “eso está muy complicado, eso que hacen ustedes, cualquier cosa, que el niño nace y se lo dan a una nodriza ¡uy!, de ninguna manera, el niño tiene que ser alimentado de esta forma, tal y cual” dice el médico hoy. Por qué: porque es bueno para él, en el, es bueno para él, hay confluencia entre la salud, lo que es más higiénico, evitar enfermedades, además es bueno para la educación. Sea verdad o no, lo divertido del discurso higiénico es que al principio es una construcción, una fantasía que no tenía nada que ver con la realidad, porque los médicos mataban más gente de la que Sadam…, lo impresionante es que luego acaban teniendo razón pero por motivos que ellos desconocían.

El discurso higiénico se inventa mucho antes de conocer algo sobre los microbios y todas estas cosas; resulta que al final la ciencia acabó descubriendo esas cosas absolutamente imaginadas sin ningún referente científico en el siglo XVIII y XIX; además tuvieron razón. Es algo terrible porque se volvieron muy arrogantes, dijeron cosas por motivos que eran mucho más ilógicos y morales, uno tendría que estar molesto con los virus y con las bacterias porque acabaron dándole la razón al discurso del dominio que no tenía nada de una cosa objetiva, una operación que Michel Foucault describió muy bien.

Por otro lado, la introducción de un discurso de dominio en materia de lo íntimo, antes el cuerpo había sido un dialogo íntimo entre la gente y Dios, luego el discurso de la intimidad de la familia…, lo que está claro es que había un campo que seguramente sólo el discurso religioso podía romper, ya que nadie podía preguntarle a otro si se había masturbado, pero un cura sí. Cuando se introduce la medicina como un referente fundamental, un médico puede interesarse si alguien se masturba. Esa fue una forma de introducir una regulación, eso lo sabía perfectamente Michel Focuault. No es un tema estrictamente del psicoanálisis, pero los intereses de Lacan retoman las consideraciones foucaltianas.

Hay otro referente discursivo, de otra línea, otra componente de reorganización del mundo que ya no es exclusivamente el discurso científico, sino tiene que ver con algo que tiene relación con este discurso, o sea, el modo de producción capitalista; están vinculados ya que sin ciencia y sin técnica no hubiera habido capitalismo. Aunque surge primero el discurso científico y luego va acelerándose mediante la introducción del modo de producción capitalista que, aparentemente, se introduce como algo, un suplemento, como algo que forma parte de un mundo, del mundo que lo ha creado. Luego se introduce un efecto de inversión y eso que se ha introducido acaba modificándolo, el modo de producción capitalista aparece como algo que los hombres inventan para vivir mejor, no pretenden que eso vaya a cambiar su vida de manera radical, pero lo que ocurre ¡o sorpresa! es que el capitalismo reordena al mundo. ¿Por qué? porque introduce una modificación sustancial en una serie de cosas que no son superestrucuturales, sino estructurales. ¿Por qué? porque se introduce como parásito en, por así decir, el circuito de la satisfacción, es un virus. Aparentemente, yo hombre premoderno, imaginemos que invento el capitalismo, en vez de hacer una vasija a mano y llevarla al mercado, vamos a hacer muchas, hagámoslas en serie, no las llevo yo que las lleve otro y, tal y cual…, se crea este mecanismo que es el mercado. La sorpresa es que el mercado formaba parte del mundo y ahora resulta que el mundo se convierte en un mercado y el tema es: ¿dónde quedó el mundo?, porque todo es un mercado. Es así, el capitalismo es un invento aparentemente tonto pero que interfiere en le circuito de satisfacción personal, por qué: el capitalismo fabrica objetos y la pulsión necesita objetos para satisfacerse.

El capitalismo introduce una modificación cuando crea la ilusión de que hay nuevas posibilidades de obtener objetos para la satisfacción pulsional, se acelera hasta el punto en que produce una mutación en las formas de gozar. La realidad del mercado se introduce en casi todos los elementos de la vida privada de las personas. Un ejemplo, la cuestión de las relaciones entre hombres y mujeres, siempre ha estado regulada, los antropólogos lo sabían bien, no se trata de que la gente vaya a lo loco a encontrar un partenaire. El discurso del amo que decía: “las muchachas se casan a los catorce años con hombres como mínimo de veinte a veinticinco, esos hombres que ya han trabajado en los medios de producción, no pueden casarse si son primos segundos…”. Era muy difícil, imaginen pueblos pequeños donde todos eran primos, un lío tremendo. En cambio, otras culturas decían: “no, no, momento se tienen que casar precisamente los primeros terceros…”. Así pues no vaya ser que cada uno ande por ahí a lo loco. El mundo creía que decía cómo.

El tema es que hoy la regulación de las formas de obtener el partenaire sexual, cada vez más se traduce en términos de un mercado, como ya no hay reglas claras, uno elige qué: el que más le gusta, eso es propiamente mercado, eso antes no existía, simplemente no existía. Eso lo podemos pensar porque ha habido un desmontaje en el cual las formas de matrimonio preferente han sido sustituidos con reglas homologas a las reglas… He escuchado a un sociólogo decir: el mercado del deseo, no en términos psicoanalíticos, hay un mercado de deseo donde una persona busca una pareja, piensa cosas del estilo o más bien esas cosas lo piensan a uno; impensables hace unos años. Por ejemplo, “quiero encontrar una pareja que sea guapa, que se culta, bueno, no sólo guapa que no pueda hablar de nada, que tenga carrera pero cuál…” Jack Godoy, antropólogo que me gusta mucho que tiene un libro extraordinario La evolución de la familia y el matrimonio en Europa, también escribió La familia europea, conozco la edición inglesa editada en español, en la cual dice que hoy en día una de la ideas de los matrimonios preferenciales que tanto escandaliza a los europeos expresada en frases como la siguiente: “fíjate, los árabes se casan con sus primas, se casan con quien quieren…”, es curioso que uno de las constantes más férreas que se manifiestan en los matrimonios orientales es la clase social, es dificilísimo encontrar una persona de clase social alta unida mediante el matrimonio con una de clase baja. Entonces la tesis del libro es dónde está la libertad, hay reglas y son muy difíciles; “qué casualidad que te casaste con una de tu clase social, no tiene nada que ver…será porque te enamoraste…”.

Vemos que los cuerpos no circulan tan libremente y los cuerpos circulan de acuerdo a reglas del mercado, nos puede escandalizar el cuerpo. Los cuerpos están en un discurso donde se trata de la regulación de cierta vertiente del goce pulsional, aquella que se deja domesticar por el discurso capitalista, es una parte de lo pulsional. Lacan dice que no todo lo pulsional se deja domesticar porque hay una parte del goce pulsional que pertenece al goce real, puro y duro. Pero sí hay algo de lo real que, al parecer, se deja domesticar un poco por el discurso, esta parte la llamo plus del goce. Los mecanismo discursivos de la cultura y del mercado consiguen arrancarle algo a la pulsión, arrancamiento de la pulsión y la atrae hacia una relación discursiva sin darnos cuenta. Ya no gozamos igual de las cosas sino que, la forma en la que una persona antes gozaba de una comida, en el fondo no tiene nada que ver de cómo se goza de una comida sino que tenía que ver con toda una red de significaciones que la sitúan en un contexto cultural en la que ella ocupa un lugar también como objeto.

Esta definición, el plus de goce en primer plano (característica de nuestra cultura) es lo que hace que los fenómenos vinculados con el cuerpo y los síntomas ligados al cuerpo encuentran un predominio en las sensaciones vinculadas con esa dimensión del plus de goce. Eso da lugar a un reordenamiento de los síntomas. Los síntomas de la histeria tradicional están vinculados más bien a la dimensión de goce real conectado como prohibido, lo demoníaco y, posteriormente, lo prohibido en tanto que perjudicial del goce. Mientras que actualmente las nuevas formas de el síntoma histérico tienden mucho más regularse en primer plano con la cuestión del plus de goce; es decir, el goce que puedo obtener o bien cómo puedo satisfacerme; ahí está el goce paradojal.

El problema es que cuando hay permiso para gozar aparecen otro tipo de problemas. Puedo gozar pero surge la anorexia, la bulimia; puedo gozar, pero inmediatamente hay una exigencia de que tengo que gozar más. Por ejemplo, en fenómenos de tipo bulímico o cuando se somatiza con el retorno anoréxico; fijaros, la cantidad de goce que hace en el cuerpo una parálisis histérica. Pero no tiene nada que ver con la cantidad, es crisis paralítica o no, así cuando entras en la dimensión de la cantidad de goce, engordas o adelgazas, “he comido demasiado o demasiado poco” son síntomas ordenados por la dimensión cuantitativa del goce y eso implica todo un cambio de conformación de los síntomas que va mas allá de lo referido a las paciente histéricas. En cierto modo todos vivimos un poco histerizados por el plus de goce, más vale que seamos histéricos para que vivamos nuestro cuerpo como el terreno fundamental, el campo de batalla donde se libra el combate por el plus de goce, por el marketing, eso nos histeriza a todos un poco y también nos obsesiviza en cierta forma secundaria pues tratamos de controlar esos efectos de histerizacion con medidas de control de forma suplementaria. Esa emergencia del plus del goce como amo de los fenómenos corporales nos histeriza, y nos obsesiva, creando todo un campo de manifestaciones sintomáticas del cuerpo que constituye uno de los dominios fundamentales de nuestra realidad. La medida cultural, no necesitamos ir muy lejos para ver como todo eso está, las manifestaciones culturales sintomáticas que también se traducen en la intimidad empírica y en la conformación de los síntomas contemporáneos.

Pregunta: con esta analogía de las histéricas de Freud, las anoréxicas y las bulímicas serían las histéricas del presente

Enric Berenguer: Hay que ir con cuidado, yo diría que si pudiera dibujar esto en la pizarra, haría dos títulos con una intersección importante pero no exclusiva. Pienso que hoy en día entre los síntomas histéricos, su forma de presentación, realmente hay un predominio de síntomas referidos a la anorexia y a la bulimia. Sin embargo, esto se entiende mucho más allá también, pues hay sujetos que no son histéricos a los cuales les afectan estos síntomas contemporáneos a partir de estructuras clínicas distintas. Hay sujetos psicóticos en los cuales hay síntomas anoréxicos y bulímicos, si bien muchos sujetos histéricos hacen hoy día síntomas de la serie de trastornos de alimentación, pero no solamente los padecen las neurosis o las histéricas. Hay pues un recubrimiento importante pero no exclusivo.

Otra cosa que decir, en realidad estos síntomas contemporáneos tienen una característica nueva que, muchas veces, vemos que son síntomas prêt-à-porter; a veces, si se puede hacer el trabajo adecuado, escucharlos adecuadamente con las condiciones necesarias que, no siempre se dan. Detrás de una presentación de un trastorno de alimentación aparece otra cosa que tiene una estructura distinta y surge un síntoma articulado de otra manera. Hay personas jóvenes que se acercan a consulta con un trastorno de alimentación; con un trabajo adecuado, este trastorno cae y emerge algo mucho más individual. Como estamos en un mundo de masas, la globalización, no sólo el mundo está dominado por una serie de mecanismos, sino la masa es muy fuerte, una persona se identifica con facilidad a una serie de referentes, en la televisión, etcétera. Hay una dimensión muy accesible de la identificaciones en las masas, como el síntoma histérico es muy plástico existe una posibilidad de tomar identificaciones imaginarias para romper o crear. El síntoma de las histéricas antiguas era más íntimo, más familiar, tenía que ver con la historia familiar, lo que le paso al padre; en la actualidad, la dimensión del síntoma está más colectivizado, tenemos que articularlo a nivel más personal.

Lo mejor que puede pasarle a una joven que va a hablar con un psicoanalista de su bulimia es que al cabo de un tiempo eso, no tanto que se haya curado, haya perdido importancia. Una muchacha que padecía de estos trastornos, al cabo de un año, hablaba de cosas diferentes. Quizá una de las cuestiones importante al recibir una persona es no quedarse fascinado con lo que presenta. No siempre eso es posible, es una dirección a partir de presentaciones homogéneas. Hay caminos emergentes, hay personas en las que se sigue presentando así, pero hay otras que no. El problema de esas presentaciones con síntomas colectivizadas es que eso no se logre desplazar.

Pregunta: Entendiendo el anudamiento de RSI en esa construcción de lo corporal, mi pregunta va dirigida, ¿cómo ese Otro que introduce lo simbólico en esa construcción de la imagen vehiculiza o dificulta esa posibilidad?

Enric Berenguer: Es un mecanismo que está en juego a lo largo de la vida de un sujeto, esa mediación se hará de forma distinta. Por ejemplo, sabemos que la gente tiene cuerpo cuando nos acercamos al cuerpo del otro y al hablarle de determinada manera no sólo por el contenido de lo que decimos; sino por el tono de la voz, cuando lo tocamos, mientras lo acariciamos… Por otra parte, establecemos la relación con el cuerpo de otro cuando le damos de comer, de beber, al dormirlo, al despertarlo; en todo esto, introducimos elementos.

Una cosa muy importante es el ritmo del sueño, educamos al niño. Introducimos el sueño, es muy complicado; todo esto forma parte de un programa en lo que algo de una regulación se inscribe, no hay nada del niño que no pase por esta regulación. Lo simbólico para Lacan no es sólo la palabra sino el ritmo: noche y día, la regulación simbólica tiene mucho valor para el niño porque el niño es muy plástico y esto se inscribe en su organismo. El niño nace muy desorganizado, un niño autista se ha organizado sin pasar por el Otro, es un niño organizado pero sin el Otro, recuerden que hay varios autismos. Es un resultado que se obtiene de muchas maneras y lo que tienen en común estos autismos es la regulación; no ha pasado por los simbolismos, sino que permanece en un circuito corto donde lo pulsional no alcanza eso.

Ahora bien, será en todos los ciclos de la vida y es constitutivo en los seis meses; pero a lo largo de la vida hacemos lo mismo, nos acercamos al partenaire y hacemos eso recorriendo con recursos simbólicos. En última instancia lo que hace el Otro en el cuerpo de uno, habitado por un real, que puede ser tratado como simbólico pero está implicado en lo imaginario del cuerpo.

Por ejemplo, sé que si estás habitada por la pulsión escópica… si me acerco demasiado te angustias… en la relación con el otro tenemos presente la dimensión real del otro. En el acercamiento sexual hay una excitación admitida; hay una clave simbólica donde una excitación es admitida, y experimentada como adecuada por el sujeto. Hay psicópatas que no tienen esa teoría, creen que pueden relacionarse con tu cuerpo como un real, van y te violan. Un psicópata piensa sobre todo en la pulsión y sabe que la angustia es una forma excitación, ¿por qué creen que un tipo pueda encerrar a una niña en una cueva y tenerla asustada y angustiada durante años? El psicópata sabe que es una forma de excitación y le interesa la víctima porque es un cuerpo habitado por la pulsión. El psicópata necesita fracturar el cuerpo imaginario, buscar perversamente el momento en que su unidad corporal se ve fragmentada con una angustia imparable, busca suspender los mecanismos simbólicos para hacer emerger la dimensión pulsional. En el fondo, los seres humanos somos expertos en la regulación simbólica de ese cuerpo real pulsional; desde niños o cuando nos acercamos al partenaire o cuando nos acercamos a cualquier persona; lo anterior puede tomar una dimensión positiva en el campo del amor con el partenaire o bien una dimensión perversa cuando hay en efecto contrario.

El amor tiene que ver en cómo conseguimos que lo real pulsional quede domesticado y recubierto por lo simbólico y lo imaginario. En particular, cuando el niño tiene hambre, eso lo angustia; pero también los niños que no tienen hambre se angustian, los que no pueden dormir se angustian. Y que les dicen: “no, pobrecito…”, les damos un elemento simbólico. Cuando un niño llora hacemos un trabajo de interpretación para saber qué es lo que le ocurre, para luego decirle al niño lo que le pasa. Es increíble: lo que calma a los niños es decirles lo que les pasa.

Una cosa increíble, por ejemplo, cuando es necesario interpretar si llora porque tiene sueño o porque tiene hambre, gran dilema; si el niño tiene sueño y le damos de comer, se empacha y se angustia más. Es un trabajo de interpretación, el niño no sabe lo que tiene pero quizá empieza a saber lo que no tiene. Es un trabajo de orfebrería muy bonito porque ayudamos al niño a hacerse un cuerpo a partir de lo que viene del Otro y eso hace que lo pulsional quede debajo, domesticado. En cambio, si somos unos perversos, queremos torturar a un niño hacemos lo contrario, extraemos lo pulsional; si el niño tiene sueño “…pues ahora no te doy…” Hay toda una táctica por la cual los perversos hacen lo contrario, ahí donde el niño espera una indicación que le permita reducir la presencia de la dimensión pulsional a fin de entrar en conexión con la dimensión simbólica.

Pregunta: la invasión de los medios masivos de comunicación nos brinda imágenes en las que nos podemos identificar y probablemente nos pueden dar la satisfacción, sin embargo me da la sensación que en esta participación de las imágenes tampoco se logra una integración, porque hay una cuestión muy homogénea del ideal que no corresponde.

Enric Berenguer: Suscribo lo que dice. Hay ambigüedad, estos referentes que encontramos en los medios de comunicación de masas son antiguos, se juegan una serie de ideales pero a veces producen los efectos contrarios, porque se juega con el borde, con la mostración de lo otro. No me parece una casualidad que, cada vez más, en los medios de comunicación vemos, quizá sea un fenómeno anterior, la fascinación por el mal. Ahora vemos una fascinación por la perversión, en cierto modo, encontramos en estos relatos de hoy los reality shows y todas estas producciones televisivas una cosa compleja, entorpecen los ideales y se nota su fragilidad, su fragmentación y algo de goce que irrumpe en la escena; además, es lo propio de la dialéctica de la producción del plus de goce…

El mundo moderno parte de la idea de que el plus de goce es domesticable, entonces los ideales están muy pegados o son objetos ideales; entonces cuando vemos la televisión (estoy exagerando todas estas consideraciones son parciales a fin de transmitirles algo de eso), no encontramos los ideales que tiene la gente del objeto, no vemos ya tanto la figura del héroe que salva a su patria, sino vemos jóvenes que encarnan o tienen cierto carácter de Ideal pero encarnan el plus de goce, encarnan el objeto. Cada vez más, la relación del objeto y el Ideal se reduce en el discurso pre-postmoderno. En las novelas hacia los años cincuenta, el Ideal estaba alejado del objeto del plus de goce, la emergencia del plus de goce en la dimensión del Ideal, cada vez esto se iguala, poniendo en el lugar del Ideal el objeto mismo, el objeto pasa al lugar del Ideal. En realidad lo que predomina en el lugar del Ideal es el objeto mismo, lo que ocurre es que esos ideales tienen el inconveniente de que no parten de una elaboración propia, sino vienen de afuera. Está un poco más perverso porque ponen en el lugar del Ideal al objeto mismo y entonces son lugares inestables, fragmentados que producen un efecto de cierta desestabilización, colocados en el borde de la dimensión más inquietante. No sé aquí, los realitiy shows en España no hay un episodio donde no haya algún perverso grave colocado en algún lugar del Ideal, no hay un reality show donde el lugar del perverso no sea imprescindible, cínico, destructivo, …La figura del perverso casi se convierte en la del intelectual orgánico, curioso, ¿no?

Pregunta sobre la definición de histeria

Enric Berenguer: Hay muchas definiciones, no he dado ninguna definición. He hablado del síntoma histérico, no definí la histeria; eso sería más complicado y no lo haré ahora. La cuestión de las características del sujeto histérico en su constitución, en su forma de funcionar que abordan la cuestión de su goce que siempre está pasando por una pregunta dirigida al Otro. El sujeto histérico en su forma de vivir algo de lo real pulsional pasa por una forma primaria en el Otro, hay una especie de división interna que Lacan escribía así $, que en su abordaje de la cuestión de su goce tiende a planteársela pasando por el Otro primordial. Es un sujeto que inquiere al Otro sobre el problema del goce, no se identifica con que su goce sino sobre qué goza el Otro en mí.

Por eso los síntomas de una histérica presentada con anorexia, ella había pasado a la pubertad, se había desarrollado mucho, sale en bikini del agua y el padre le dice: “eres toda una mujer”, adelgazarse para no tener senos, evidentemente este sujeto se preguntó de qué goza el Otro en mí, es una característica del sujeto histérico que pasa por el goce. En realidad, la que está interesada por la mirada era ella… Acabó reconociendo que a ella le interesaban lo senos de las chicas que miraba por la calle, hay una trampa del sujeto histérico es que ella también goza, ella admira y ella en realidad atribuyó esa mirada al padre, quién sabe qué miraba el padre, era contingencia; lo que pudo elaborar en su historia nada confirmó sino que era su propia fantasía. En el sujeto histérico el goce es asunto del Otro, hay que hacer un trabajo en donde el sujeto debe reconocer que el goce le concierne.

El sujeto obsesivo, al revés, el goce le concierne a él y no pasa por el Otro y aún mejor si el Otro no se entera demasiado. Por ejemplo, la época de las histéricas brujas pensaban que a los curas les interesaba eso, las ponían en el centro de un dispositivo; ellas encarnaban la pregunta de qué goza el Otro, hay una satisfacción en la posesión demoníaca y en realidad se interrogaban por el deseo del Otro. Esto ha cambiado, con la sociedad del plus de goce y con la medicina. Para encontrar la clave, para cuidarla, para perder el peso del dialogo con el médico, lo característico del sujeto histérico con eso de lo pulsional resulta de que lo habita en el cuerpo imaginario, cuando se manifiesta lo subjetiviza a partir del Otro; pensando cómo el Otro desea algo de lo que hay en el sujeto. Se trata de una posición intersubjetiva, en las anoréxicas está planteado en el Otro, qué es eso que me ocurre para el Otro.

El tema es que hemos dejado de lado, algunos conceptos, algunos temas, había hablado de la función del deseo, del deseo como perverso. Hay un mecanismo en el cual el ser humano hace vivible lo pulsional y se lo apropia. La pulsión del deseo es en gran parte eso, todo un dispositivo que en cierto modo explota, hace un uso de lo pulsional de tal modo que consigue defenderse de que eso rompa determinados límites de la regulación y tiende a convertirlo en la oportunidad para un cierto placer. El deseo está siempre en el borde, por eso Lacan decía que el deseo es perverso.

En cierto modo, el deseo se mueve en el límite como una maquinita que algo de la pulsión pase del horror a lo placentero, aparte la función del deseo en cada uno, cómo hacer para que ese trabajo de lo pulsional se desplace de lo inquietante a lo placentero. También existen las cosas sociales como el arte. El arte es una máquina de convertir lo pulsional en algo placentero, ahí se produjo un cambio histórico ya que en el arte clásico no lo había, pero en el arte moderno hay un retorno, busca reencontrarse con lo pulsional que está detrás. Pero en realidad es algo muy antiguo, por mucho que se busque una exploración de los límites, acaba convirtiéndolo en algo placentero ¿cuáles son los límites?, de cualquier modo, hay la diferencia entre el arte y las cosas perversas con el uso de las imágenes, no hay biblia de: ¡esto es una perversión…! Hay otras obras en donde predomina más la perversión que el arte, con la excusa del arte, maltratar al ser humano y proponer al espectador que se haga cómplice de un goce indigno, está el juego. Por mucho que admitamos una exploración a los límites, con frecuencia se producen pasajes al acto; existe la dignidad del ser humano, que la posición de la dignidad quede de lado, ¡estoy en contra de eso!

Psicoanalista en Barcelona, España. Miembro de la ELP, de la NEL y de la AMP, AME.

Fecha: 13/10/2006
Modalidad: Presencial
Lugar: Alianza Francesa de San Angel

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2006 Actividades Internacionales Archivo

Lo que el amor enseña al psicoanálisis

Lo que el amor enseña al psicoanálisis

Alicia Arenas

Hablar de amor.

Hablar… ¿no es ya amar?.

Lacan dice que sí, que la palabra puede ocupar el lugar de lo real, por eso la palabra es también acto.

Por eso, para hablarles del amor tengo que hablar de muchas otras cosas, del deseo por ejemplo, sólo que el deseo no puede explicarse sino por su causa, el objeto que lo causa, lo que no difiere de la sexualidad. Y si es así, cómo no hablar de su producto, los niños, y las madres, y la función del padre. Llegamos así a la familia y a la sociedad. Eso va a exigir explicar lo que el amor enseña al psicoanálisis.

Freud aprende muy rápidamente que el amor que un analizante siente por su analista es verdadero amor, que no se trata de un artificio de la transferencia. Desde luego, también dice que el analizante transfiere a la persona del analista los afectos y pensamientos que corresponden a otras figuras que han tenido alguna relevancia en su vida. Se observa entonces de entrada esta particularidad nómada del amor, capaz de desplazamiento.

Es por esa misma razón, que el analista no tomará nunca el amor del analizante como dirigido a su persona, sino al lugar que el analista viene a ocupar para él. Es por eso que una de las primeras cosas que un analista ha de saber es qué lugar ocupa para su paciente, qué tipo de objeto es para él. Hay una relación directa entre el lugar que se ocupa para alguien y el tipo de lazo que se establece. Es a partir de allí que el analista podrá intervenir en el discurso del analizante y dirigir la cura.

En el antiguo amor cortés, la mujer como objeto de amor de los poetas y trovadores de la época, era situada en el lugar del ideal, se le cantaban sus virtudes. Aunque Lacan nos recuerda que no todo lo que decían estos trovadores estaba ligado a las virtudes, también estaban los contestatarios que intentaban elevar al poema lo que podía ser lo más soez, lo menos políticamente correcto de la época, y eso también estaba dentro del amor cortés. Lacan lo señala para situar precisamente la complejidad del amor, que no es posible entender en una sola dimensión.

Lo cierto es que el comportamiento de los hombres y las mujeres en la relación amorosa

está mas vinculado a nostalgias que a satisfacciones, a eternos sueños de la fantasía de reencuentro

con la mitad perdida en el estilo que plantea Aristófanes en el Banquete del Amor de Platón.

Lo que se observa es que la dimensión de la insatisfacción está presente con frecuencia en el fenómeno

amoroso. Está por una parte la demanda de amor, de ser amado, y por otra está que la respuesta

a esa demanda no siempre es satisfactoria.

De ese modo la insatisfacción acompaña a los hombres y mujeres a lo largo de la vida. Pero las personas viven subjetivamente la falta del objeto de amor de los modos más variados.

La vivencia de sentirse incompleto puede hacer que aquél que falta sea vivido tal como si le hubiera sido extraído al sujeto un pedazo de sí mismo. La literatura del discurso amoroso de todos los tiempos lo atestigua. El amante desespera, siente que le falta la vida, sueña con la unión total, con el encuentro anhelado, la falta se convierte en insoportable. No hay que leer a Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso para tener numerosos ejemplos, basta escuchar a los amigos más cercanos o simplemente a lo que son, o han sido nuestros mismos pensamientos. A veces se sueña con encontrar un amado que reúna a todos los otros, los pedazos de muchos otros, en una combinación que permita una unión casi perfecta entre el amante y el amado.

En el horizonte del amor están la perfección, la completud, la imágen en el espejo que devuelve al verdadero y único semejante soñado. Hay que decir que son estados en los que las personas literalmente no tocan la tierra con los pies, fácilmente la realidad queda excluida.

Además, si somos exhaustivos nos damos cuenta que la mayor efervescencia amorosa se da casi siempre a partir de que se presenta alguna imposibilidad, un amor que presenta obstáculos permite precisamente que el deseo se potencie. Porque por otra parte, paradójicamente, muchas veces cuando se hace posible, sin saber porqué, el deseo desfallece.

Se trata del encuentro con la estructura misma del deseo, insatisfecho por naturaleza, y situado siempre más allá de la voluntad del sujeto.

En el Werther, donde se encuentra el personaje del enamorado por excelencia, Goethe escribe que del ser amado surge una fuerza que nada puede detener y que impregna todo lo que toca, los objetos que toca así sea con la mirada, quedan imantados de su presencia. Ah!, pero para que los objetos se imanten, es necesaria la ausencia, que el objeto asuma y se convierta en la representación misma del amado que no está. Sus cartas, sus fotografías, hoy diríamos sus mensajes electrónicos.

El enamorado se rodea de estos objetos, vehículos de la metonimia amorosa, para tener al menos un pedacito de ese todo que se imagina perfecto y que no sería sino el amado en persona. Objetos que cumplen su función de representación, acompañando al amante en sus horas de soledad y llenando el espacio vacío. Pero sobre todo, manteniendo el deseo. Hay que decir que los mensajes electrónicos son fantásticos para el deseo. Actualmente hay pocos que toman la opción de Goethe y más bien eligen el ciberespacio donde en milésimas de segundo se puede estar y no estar, desaparecer y aparecer por arte de magia con un repentino «Hola» o «adiós» sin que se sepa siquiera donde está el que lo escribe. Es el amante en su pura representación de discurso. Lo genial es que hay quien no necesita más, se comprueba que la presencia concreta de la persona no haría las cosas mejores.

Es muy interesante todo lo que esto introduce, porque la antigua lógica de la completud, donde la relación con el otro del amor se centra en la polaridad estar fusionado- sentirse abandonado, presenta nuevas paradojas.

Al mismo tiempo, la insatisfacción amorosa es una fuente de sufrimiento para muchas personas y un motivo insistente de consulta para el psicoanalista. Evidentemente, la cuestión no está siempre del lado del otro, la mayoría de las veces es un problema repartido en dos, pero presentado con dos versiones distintas.

A veces la gente se pregunta como esas dos personas pueden haber decidido establecer una relación, pero siempre hay un buen motivo. Porque, ¿como sucede una elección amorosa? En principio, lo primero que hay que preguntarse es si se trata realmente de una elección, ya que lo que ocurre tiene más bien que ver con razones desconocidas por el sujeto mismo, razones que ordenan la vida amorosa y sexual sin que las personas tengan ninguna conciencia. Es ese también el motivo que a ese objeto supuestamente «elegido» se le pidan demasiadas cosas. Por ejemplo que satisfaga necesidades muy antiguas, donde la lógica que el amado o amante tendría que saber interpretar no es ni siquiera actual en la historia del sujeto.

Por eso mismo el amor es el reino del malentendido, donde surge como sorpresa por ejemplo el no obtener más amor aunque se haga todo lo que el otro pide, o, también sorprende ser amado por aquello por lo que no se querría ser amado. Hay diferentes versiones de este tipo de insatisfacción.

Por eso, es necesario situar todo esto en más de una perspectiva, porque el amor se combina con otras dimensiones del lazo con el otro. El enamorado o enamorada, por ejemplo, tiende a dirigirse a su objeto de amor, que por supuesto supone un objeto de la realidad, alguien con un nombre, una figura, consistencia, cuerpo. Pero resulta que lo que ocurre en el encuentro es otra cosa, allí donde parecía haber una identidad, aparece tal vez otra, allí donde había consistencia, aparece la inconsistencia, allí donde se esperaba un cuerpo, a veces lo que aparece es un dolor de cabeza. En fin…

Por suerte, esto que digo no es siempre de este modo, por supuesto, pero como practico el psicoanálisis, hablo sobre todo de lo que el amor enseña allí donde lo que se encuentra no es lo que se estaba buscando, allí donde el amor se revela en pura ilusión, lo que no quiere decir que no exista, por supuesto que existe, la cuestión es ¿dónde, cómo, cuándo?

Cuando hablamos de la dimensión de lo insatisfecho, de la dimensión de lo imposible en el amor, en realidad, estamos asomando un pequeño diablillo, digo diablillo porque si tuviéramos que hacer una alegoría del amor, podríamos utilizar fácilmente la figura de algo ideal, un ángel, un ángel de amor, Cupido por ejemplo, sin embargo, si tenemos que dibujar la figura del deseo, probablemente podríamos usar la de un diablillo, simpático desde luego, juguetón, pero no exactamente angelical.

Y eso es porque la dimensión del amor y la del deseo son diferentes, sin embargo, no se puede decir que sean malos compañeros. E incluso, hasta se puede decir que los condimentos de la supervivencia del amor los proporciona el deseo. El amor busca la completud, el deseo es la representación de lo que no se satisface, aquello que por estructura está vacío. En la dimensión del deseo no hay posibilidad de unión total, pero, al mismo tiempo, tampoco de abandono. Se trata más bien de la zanahoria delante de los ojos del caballo.

En realidad se trata solo de una lógica diferente, que no parte de que de dos se pueda hacer uno, sino que parte de que el objeto con el que se relacionan no solo no es el mismo, sino que es un objeto fantaseado que al tratar de atraparlo y concretarlo, no está. Evidentemente, ésta no es una lógica que tenga en el horizonte la posibilidad de la apropiación de ningún objeto. Se trata de que lo primero que hay que saber es que el objeto, para poder alcanzarlo, hay que empezar por cederlo.

Podríamos decir que el amante y el artista se parecen. El artista, para seguir creando tiene que desprenderse del objeto que produce, cederlo, para poder pasar a una nueva dimensión de la creación.

En todo caso es una perspectiva que rápidamente muestra un tipo de amor distinto a ese que lleva a las parejas del amor al odio con cierta velocidad. Lacan decía que un signo de amor es «dar lo que no se tiene». Dar lo que no se tiene es dar nada, y eso es el amor, dar esa nada fantaseada, soltarla, para poder encontrarse con la nada del otro, que a su vez tendrá que soltar la suya.

Lacan utilizo una frase que se interpretó de muchos modos, dijo «No hay relación Sexual», como saben, él decía ese tipo de cosas, también dijo «La Mujer no existe», por supuesto que hay que saber a qué se refería, no hay que hacer asociación libre con las frases de Lacan, sino situarlas en su álgebra, porque son en realidad fórmulas lógicas.

Cuando dijo «No hay relaciòn sexual», que es una afirmación muy importante en la que se fundamenta la ultima parte de su enseñanza, se refería a que no hay un encuentro posible entre los sexos ya que no existe la diferencia sexual a nivel del inconsciente. Eso tiene muchas implicaciones en la clínica psicoanalítica, en la relación entre analizante y analista, y tiene también en el final del análisis.

Jacques Alain Miller dio una vez en Brasíl un seminario que se llama la «Erótica del Tiempo». Dice allí que hay también una erótica del espacio donde la distancia no se mide en metros sino en investiduras libidinales. Dice que allí, el camino más corto entre dos puntos no es la línea recta. En la erótica del espacio encontramos que hay obstáculos entre los dos puntos. Por ejemplo, en el Complejo de Edipo, mamá y papá son los más cercanos, los más amados, pero también los más prohibidos. Eso hace que haya que dar muchas vueltas para reencontrar ese objeto perdido que es mamá, para reencontrar ese color de ojos, esa sonrisa, o, hay casos donde el asunto se presenta por su contrario y se trata de encontrar por fin una mirada distinta a la de mamá, que precisamente permita que surja el erotismo.

Los espacios de la vida amorosa son más bien laberínticos, donde no hay una lógica que se pueda conocer a priori, sino que hay que descubrirla, caso por caso. Cosa que es difícil de aceptar porque, curiosamente, todo el mundo piensa que las cosas del amor son tal como se las imagina. Lo que se observa es que hay una relación directa entre la instauración de un límite, un obstáculo y la constitución de un objeto del deseo.

JA Miller, en un Coloquio que hubo en Barcelona, sitúa varios modelos de relación de pareja que se observan en la clínica. El modelo narcisista donde se elige a aquel que se quiere ser, o también, un poco más allá del narcisismo, el que se refiere a algún ideal, que pasa por algún tipo de identificación al Otro, al padre, etc., como lo que sostiene a la pareja.

También propone al modelo fantasmático, es decir, cuando la pareja parece responder al fantasma del sujeto, donde funcionamiento y disfuncionamiento están vinculados al lugar que el partenaire tiene que ocupar necesariamente en la pareja. Generalmente estas parejas unidas por el fantasma son más duraderas, pero no necesariamente más felices, porque pueden incluso quedar atrapadas en un círculo de difícil salida, ya que el fantasma puede ser algo bastante complicado donde el sufrimiento de una de las partes, o de las dos, no está excluido.

Hay que decir que aunque parezca lo contrario, el psicoanálisis no es descreído del amor. A lo que Lacan apunta en última instancia es al reconocimiento de la posibilidad subjetiva de un nuevo amor. Un amor que no se fundamente en los rasgos y fantasías que han dominado los automatismos de la historia del sujeto. Propone más bien un amor que esté dispuesto a hacer algo con la imposibilidad y con la insatisfacción.

Esto lo propone tanto para las parejas como para los grupos humanos. El affectio societatis, que implica saber de las diferencias con el otro y a la vez disponerse a hacer con el otro. Diferencias no significa distancia, no estamos del lado de la discriminación, pero sí del lado del invento de diferentes tipos de lazo, de la creación de suplencias allí donde la diferencia social tiene la tendencia a hacer surgir la pulsión de muerte. Porque la pulsión, en su peor expresión, hace que las personas que gozan de lo mismo se unan contra otros, se sabe que no hay mejor modo de unirse que odiar juntos. Es ante ese modo de unión que el psicoanálisis alerta, porque es la raíz de la discriminación y de la segregación, en las parejas, en los grupos, y en las sociedades.

Ante esto, Lacan propone para el psicoanálisis la noción de deseo del analista, como un tipo de relación con el Otro que señala un nuevo tipo de amor, que tiene que ver con sostener la falla en el otro, a partir de la causa de deseo. Ante la demanda del Otro, responder con el deseo.

No podemos excluir del tema del amor su relación con los tiempos, con los discursos que afectan la subjetividad de cada época y de cada cultura. En la nuestra, hay nuevos discursos respecto a lo masculino y a lo femenino, a la sexualidad misma en tanto que hetero u homo, en tanto que transgenérica, o incluso, en cuanto asexual, una de las ultimas nociones de las que tengo noticia. En EEUU por ejemplo existen hoy grupos que no quieren saber más de la sexualidad. No es algo que resulte tan extraño en un mundo donde los gadgets se convierten en la compañía más constante de un sujeto.

En relación a todo esto hay ciertos autores que han hecho surgir la noción de «genero» como un intento de desvincular la sexualidad biológica de la psicológica, a partir de lo que se consideraría una identidad «transgenérica». Intento muy distinto al del psicoanálisis de orientación lacaniana, si bien es ese un intento de introducir la diferencia a partir de lo psíquico y no de lo genético como hacen otras tendencias.

Hay una autora interesante que trabaja estos temas, Judith Butler, una profesora de Berkeley, que diferencia su posición, que es la Queer Theory, de la del movimiento gay tradicional que lucha por los derechos en el mismo sentido que los heterosexuales: derecho al matrimonio, a los hijos, y al patrimonio familiar entre otros. La posición de los Queer es más bien antinormativa, piensan que son las normas sociales las que impiden por ejemplo a un homosexual ser considerado normal y vivir una vida normal según sus elecciones. Su lucha parte de ahí, de señalar que vivimos en un mundo donde nos son impuestos ciertos ideales de salud, de sexualidad, de morfología corporal, etc. que hace que personas que no cumplen de algún modo esos ideales sea considerados subhumanos. Butler cita a Hegel y a la tradición de buscar el «reconocimiento»del Otro social, a partir del cual cualquier persona no «reconocida» por el Otro, pasa a una categoría de anormal. Para ella lo considerado «humano» depende entonces del poder del reconocimiento, el cual en última instancia produce la idea misma de lo que es humano, de lo que es normal. Es interesante porque es una posición opuesta a la de la lucha por los derechos en tanto esta lucha se basa en el reconocimiento del Otro. Es una posición bastante extrema pero lo interesante es que se sale precisamente de la lógica del «para todos» lo que la hace al mismo tiempo bastante problemática. Butler se plantea la pregunta de cómo podrían reformularse las normas sociales para pensar en el reconocimiento de los vínculos más allá de lo legal, y también se pregunta si podríamos prescindir del reconocimiento del Otro social. La Teoría Queer defiende que la sexualidad no debe ser categorizada en forma alguna, pues es el inicio de todo tipo de discriminación.

Lacan propone sustituir el termino sexuación por el de sexualidad, lo que permite pasar del plano biológico al plano subjetivo. En los años 60, en su Seminario XI dice por ejemplo que no hay nada en el psiquismo que permita a un sujeto situarse como ser macho o ser hembra, solo encontramos sus equivalentes, pasividad o actividad, y estos nunca lo representan exhaustivamente[1].

Se refiere al plano puramente subjetivo, simbólico, donde la sexualidad está inscrita de un modo distinto al del cuerpo, lo que permite una variedad de identificaciones sexuales que van más allá de los órganos con los que cada uno nace.

Más tarde, en los años 70, Lacan sitúa las posiciones masculina y femenina en la dimensión propiamente psicoanalítica, que es la dimensión del discurso. Para explicarlo propone sus formulas de la sexuación[2] donde las posiciones masculina y femenina pueden ser ocupadas por los dos sexos biológicos, ya que lo viril y lo femenino son posiciones que corresponden a la lógica de lo simbólico y lo real.

Situarnos en esta dimensión permite entonces pensar las cosas desde el discurso del sujeto por una parte, pero también desde el discurso social y el discurso de la ciencia. Pensar por ejemplo de que manera los cambios en el discurso social son el efecto de modificaciones en la estructura psíquica.También cómo las modificaciones en las formas de la familia establecen cambios en la noción de padre, de madre y de hijo. La tradición tiende a modificarse, pero, de qué modo la innovación de estos semblantes organiza hoy el lazo social y también las relaciones amorosas y sexuales.

El principio lacaniano es el principio de la elección, de la elección de goce. El sujeto tiene la responsabilidad de su elección, no el Otro. Cada uno elige su modo de gozar y se trata de ver en todo caso qué lugar ocupa la pareja para cada uno. Sin embargo eso no es un «todo vale», es necesario tener referencias muy claras de cuando se trata de elecciones sintomáticas y cuando no, por eso, no se trata de generalizaciones sino de una clínica del caso por caso.

Para explicar estas formulas, Lacan va a tomar una vía articulada ya no a lo simbólico sino a lo Real. Lo explica a partir de cómo se ubican hombres y mujeres a partir del predicado fálico, pero estableciendo la diferencia entre los predicados universales y los predicados particulares. Sugiero para entender este tema el libro de Graciela Brodsky «Clinica de la Sexuación»[3]

Por ejemplo, «Todos los hombres son mortales», o Ningún hombre es mortal» son universales, un campo consistente y completo. «Algunos hombres son mortales», o Algunos hombres no son mortales», son particulares. Aquí estamos en otro campo, lo inconsistente e incompleto.

Lacan sitúa sus formulas más que a partir del falo a partir de la castración. «Todos están castrados», hombres y mujeres, y está el Uno de la excepción, el padre de la horda, en el lado masculino, que justifica la regla del «todos en función del falo, luego, todos castrados».

En el lado femenino, Lacan niega de entrada la excepción, no hay excepción, no hay Uno de lo femenino, porque para tener excepción tengo que tener un todo igual del que se extrae la excepción, que no es parte. En el lado femenino no hay un todo. Cada mujer es una en su clase, no se puede decir el universal de la mujer, cada una es un caso particular. Entonces, lo que pasa es que simplemente no existe el conjunto de las mujeres, y eso Lacan lo escribe:

Existe ∀x Φx , pero negado todo ello, es decir, no existe tal universal[5].

Luego, no de todo x se puede predicar Φde x

La cuestión es que en la medida que lo particular toma lugar en la enseñanza de Lacan, lo real también lo toma, de lo universal a lo particular es pasar de lo simbólico a lo real. Es pasar del todo al no todo. Y también es ir pasando de lo lógico a lo topológico progresivamente. Son los modos en que Lacan avanza en su enseñanza.

Por eso, la posición masculina o femenina implica tomar una decisión en relación al goce de cada uno. Se trata de una posición ética, pues el sujeto, y ya no el Otro de los ideales, ha de responsabilizarse por aquello de lo que quiere gozar.

El planteamiento de Lacan respecto a la problemática de la sexualidad masculina del lado del todo, es la presencia del falo como algo que tiende a ocupar todo el espacio, porque se trata no solo del órgano sino del poder, la competencia social, tener más mujeres, tener más potencia sexual, el coche más caro, entre otras cosas. es la verificación de la presencia fálica en los distintos ámbitos de la vida. Desde luego que no hay que ser hombre para funcionar desde ese lugar. La fórmulas entonces explican cómo se encuentran estos dos tipos de conjuntos en la clínica de la vida amorosa, o sexual.

En la sexualidad masculina sin embargo, hay un aspecto muy importante a tomar en cuenta, que es la relación del hombre con la paternidad, porque así como Lacan dice que La Mujer no existe, dice que existe La Madre, un universal que habría que poner del lado masculino, fálico. El hombre sí existe, pero, ¿se puede decir que existe El padre?

Lo cierto es que en los tiempos de la devaluación de la función paterna pareciera que hay que decir que no. Pero la verdadera razón es que si bien el Nombre del Padre es un universal aplicable a todos, a lo que Lacan va llegando es que un padre es un particular, es decir, que en el caso de cada uno se trata de un padre singular, con nombre y apellido, un padre que es de carne y hueso, no es como el universal que esta mas bien en el orden de las ideas, de los conceptos, como el Nombre del Padre.

Y esto toca el problema de ¿qué es un padre?, pero para cada hijo en particular. Es con eso con lo que trabajamos en la clínica, para cada uno su padre es un particular, y el sujeto tiene una interpretación de su «un padre».

Por eso Lacan va a hablar de las suplencias del Nombre del Padre, sean por la vía de un padre, o por la del síntoma, porque al fin y al cabo cumplen funciones parecidas, porque el padre no es sino lo que permite al sujeto agarrarse de alguna cosa para apoyarse, luego, todo aquello que haga esa función es en realidad un padre, en este caso es universal, todo aquello, es decir, un Nombre del Padre. Por lo que cada uno tendrá que hacer de su «un padre» un síntoma, de modo que le sirva de suplencia.

Lacan lo escribe NP (x), es decir, representante de un lugar vacío, porque es ocupado cada vez por una variable diferente.

Todo esto sigue estando del lado de la elección, que es un término que Lacan usa claramente en el Seminario XX, «el ser que habla puede elegir estar o no en Φ(x)».De lo que se deduce que ser un padre es una elección.

Miller propone que lo que queda si desaparece la virilidad es la parte izquierda de las formulas, el ∀ x Φ de x. Dice que si se hace esto prevalece el todos, el todos iguales de la democracia. La desaparición de la virilidad sería una consecuencia de resistencia del ser sexuado masculino en relación a la incidencia de la excepción paterna, formalizado por la proposición existencial afirmativa » existe al menos uno «. Y significa que la asunción de la función sexual viril exige algo que va más allá de la democracia masculina respecto a la castración, más allá del universalismo.

Lo que señala esto es la forma en que este fondo de excepción dado al universal masculino hace que el todos iguales termine marcado por la fragilidad y la impotencia. Es el «todos los hombres son iguales» de la lógica fálica, y que la mujer sabe muy bien desechar para instalar allí la demanda de amor.

Decir que un padre es particular es decir que no es por la vía del «para todos el falo» que es posible la transmisión de la función paterna, sino por la vía de la diferencia, es decir, no por la vía del universal, sino de lo particular de un padre. Para que la transmisión de la ley paterna se efectúe, es necesaria la existencia de un padre como portador de un deseo «no anónimo».

Como pueden ver, el amor lleva a pensar la humanidad entera, las generaciones, la época, el futuro. El amor mueve montañas, dijo alguien. Lo cierto es que al psicoanálisis le enseña muchas cosas.

* Psicoanalista en Miami, Estados Unidos. AME de la NEL (Nueva Escuela Lacaniana) y de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis).

 

  1. Lacan, J. El Seminario, libro 11, «Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis».Editorial Paidós. Barcelona, Buenos Aires. 1987.
  2. Lacan, J. El Seminario, libro 20, «Aún». Editorial Paidós. Barcelona, Buenos Aires. 1981.
  3. Brodsky, G. Clínica de la Sexuación. Publiicaciones Nel Bogotá, Serie enseñanzas.. Buenos Aires. 2004.
  4. Lacan, J, El Seminario, Libro 20. Editorial Paidós. 1981.

Fecha: 27/05/2006
Modalidad: Presencial
Lugar: Teatro Coyoacán

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2021 Lazos del discurso analítico en México

La cita fallida, modulaciones locales

Conversación con Carmen Gonzáles Táboas
La cita fallida, modulaciones locales

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2014 Agujero del saber, testimonio y transmisión Archivo Noches de Escuela

Entre lo que no existe y lo que existe

Entre lo que no existe y lo que existe

Marcela Almanza

En el Acta de fundación, Lacan reitera varias palabras que me resonaron a la luz de esta Noche de Escuela: fundación, acto, responsabilidad, compromiso, trabajo permanente y convocatoria a los trabajadores decididos, testimonio…

Se puede volver sobre el texto, nunca es tarde… Más bien, por la relevancia de lo que nos implica en nuestro acto como practicantes del psicoanálisis orientados por la enseñanza de Lacan, debería ser una referencia que se nos imponga como lectura, cada vez, para no distraernos de lo que nos concierne.

En la Nota adjunta, Lacan dice «Pero la admisión a la Escuela, cualquiera que sea el momento en que el sujeto entre en análisis, tiene que confrontar este hecho con la responsabilidad, que no puede declinar, por sus consecuencias».

Hoy, en la Sede de la Escuela, miembros, asociados, cartelizantes, colegas –los que nos sentimos convocados, claro- nos reunimos en torno al agujero del saber… testimonio y transmisión. ¿Cómo precisar, entonces, las resonancias de la conversación de Escuela con Anna Aromí?

En este contexto, la riqueza de su testimonio presenta para mí un doble valor: por un lado, por lo que implica la palabra de un AE, la palabra de una analista que se ha presentado al dispositivo del pase, que ha sido nominada, y que ha demostrado en acto su confianza en la Escuela para dirigirle aquello que le concierne en lo más íntimo por haber llevado un análisis hasta sus últimas consecuencias.

Por otro lado, porque resalta el valor de un primer testimonio de pase en nuestra Escuela: la NEL México DF.

Doble valor entonces, absolutamente solidario de aquello que nos decía Anna Aromí: «Doy testimonio en México porque hay Escuela, porque hay donde recoger los efectos de un testimonio de pase».

Un verdadero acontecimiento que abre, para todos nosotros, una nueva dimensión desde la cual pensar la serie Escuela -pase-testimonio- transmisión – efectos…

En este punto, también recuerdo aquello que Anna nos transmitía en su propuesta para llevar adelante la Conversación de Escuela: «Y es que un análisis se termina, en efecto, y cada AE da testimonio de ello. Se termina pero no se cierra. Que el análisis no se cierra significa que no existe una fórmula última que dé cuenta del final. En cambio lo que sí existe es una elaboración permanente, no sólo del final, sino de lo que ocurre para que un análisis termine sin cerrarse».

Entre lo que no existe y lo que existe, ubicaría entonces los ecos de una elaboración siempre por producirse.

En este punto, recuerdo lo que planteaba E. Laurent en su texto «El analista memorioso y la prisa» cuando decía «…podríamos decir que la solución lacaniana es la consistencia formal: el acercamiento hacia lo real en una enunciación particular… se trata entonces de que los casos –aquellos que han sido escuchados, analizados bajo esta orientación, y por qué no llevarlo a lo que se constituye como caso en cada uno de nosotros, y también por supuesto de los testimonios de los AE- pudieran testimoniar al mismo tiempo la envoltura formal, lo que hay del tratamiento de un problema de goce real y la particularidad de una enunciación. Esta es la función de una Escuela: incidir para producir no una forma canónica sino una perspectiva común…»

Seguramente, entre nosotros, estarán quienes no recuerdan parte del testimonio, a la letra… o quienes no pudieron estar presentes ese día.

De todos modos, propongo seguir la lógica de la sesión analítica ya que, como decía Lacan en «El atolondradicho» «…que se diga, queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha.»

Tomando este punto de partida, propongo entonces abrir hoy una conversación donde la transferencia de trabajo nos permita hacer circular la palabra para dar lugar a los diversos matices de lo que se escucha, para dar lugar a lo que se desprende de ese doble valor de este primer Testimonio en nuestra Escuela, alojando así las resonancias clínicas, epistémicas y políticas de este acontecimiento.

Fecha: 09/10/2014

 

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2014 Agujero del saber, testimonio y transmisión Archivo Noches de Escuela

Amor al inconsciente

Amor al inconsciente

Paula Del Cioppo

En la última Conversación de Escuela Anna Aromí dio testimonio de su pase. Esta noche fuimos convocados para hablar del pase y la transmisión, sin embargo el paso de la Analista de la Escuela por la sede de la NEL México dejó huellas indelebles también en otro sentido.

Con su recorrido institucional, sus cuestionamientos, su inquietud por conocer este país, -no sólo los museos y los monumentos, también el metro, la calle, los olores, los sabores y los escondites que forman parte del México vivo-, Anna pasó y pisó fuerte al subrayar que el psicoanálisis está inexorablemente ligado a los asuntos candentes de su sociedad y de su tiempo. En ese sentido me siento interrogada por los crímenes de lesa humanidad que ponen en entredicho la calidad de nuestra democracia y estremecen a la sociedad en estos días. Ante la tragedia humanitaria me pregunto si hay algo para decir desde el discurso analítico o si estamos frente a un agujero en el saber, algunas preguntas y pocas respuestas.

En principio, ¿cómo afecta la situación de violencia generalizada la práctica de nuestra disciplina? ¿Qué transferencias y lazos de trabajo podremos construir en una sociedad donde la ley es arrasada por la impunidad? ¿Qué provocaciones podremos inventar para pasar de la indignación a la acción con dignidad? ¿Qué condiciones para ejercer la ciudadanía –libertad, debido proceso- están en los fundamentos mismos de una práctica cuya brújula es el amor al inconsciente? ¿Qué le sucede a la dignidad cuando la guerra toma el lugar de la política?

Para la conversación de esta noche extraigo dos palabras del testimonio que Anna Aromí leyó el 7 de septiembre en esta sede: vida y amor. Dijo que el psicoanálisis le cambió la vida y que esto no es una exageración. Retomo «no es una exageración» para referirme también a mi propio caso. El psicoanálisis sí puede cambiar una vida. Puede hacerla apetecible, generosa, valiente y arriesgada. Pero para que eso suceda es necesario dar todos los rodeos por el semblante -y también por el silencio- que nos permitan vaciar y labrar. Dar es una palabra fuerte porque nos habla de una cesión, de una donación. Dar y en el mismo movimiento producir una vuelta de tuerca sobre las cosas.

Vaciar el sentido y llevarlo, como en el caso de Anna, al extremo de un resto de canción, de una nana, es una experiencia que requiere de mucha dedicación. Un resto que no es de la letra de la canción sino del tono… un tono triste. Una nimiedad que, sin embargo, arrastra una fuerza brutal: la de atraer hacia sí el arsenal de la defensa y el aparato de sentido que intentará darle un lugar, una razón de ser, una narrativa, un recubrimiento que vuelva soportable la perturbadora convivencia con un pedazo de lo vivo.

Labrar un agujero. Aquí retomo otro asunto que planteó Anna Aromí en su testimonio de pase: la docilidad a lo real. Porque para lidiar con lo no sabido y no morir en el intento es necesario desarrollar una particular tolerancia hacia lo que no encaja, hacia lo que permanece disjunto. Hacia lo que es una cosa y es la otra, ambigüedad que nos deja en un lugar incómodo e incierto.

Docilidad a lo real. ¿Cómo interpretarlo?

Una manera posible de entenderlo es como un desplazamiento de la complicación a la complejidad. De la complicación y los enredos del fantasma y la creencia en el Otro hacia el encuentro de la belleza en la complejidad al punto de volverlas sinónimos.

Complicación y complejidad. Lugares y lazos muy diferentes.

Abrazar la complejidad, mirarla de frente y amarla por lo que no es, por lo que no hay, por lo que no resuelve. Soportar su silencio, su vacío, y ponerla en el mejor de los casos al servicio de la transferencia de trabajo con los Unos que habitan la Escuela. Encontrar el buen cemento para pasar del emplasto, decía Anna Aromí en su exposición durante la última sesión del SIC. Y qué será el buen cemento sino algo del orden del hacer y del uso, la torsión del síntoma en una experiencia donde ya no reine el malestar. Porque si bien desde la experiencia analítica constatamos que el malestar es ineliminable, no por ello tiene que ser el Rey. Una torsión donde el deseo desafíe permanentemente al malestar, le salga por la tangente y le dé la vuelta con decisión, con astucia y con audacia.

Fecha: 09/10/2014

 

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Una práctica del analista de la escuela

Una práctica del analista de la escuela

Testimonio de pase de Anna Aromí Folch
Rosana Fautsch

"El sonido nunca se emancipa del todo de un movimiento del cuerpo que lo provoca y que él amplifica"
Pascal Quignard

En un día como hoy, 9 de octubre, hace 47 años Lacan elabora su proposición sobre el psicoanalista de la Escuela, tres años después del Acto de Fundación. En la proposición Lacan escribe: «[…] es pues a un grupo para el cual mi enseñanza era lo bastante valiosa, incluso lo bastante esencial […] es a ese grupo preocupado por una salida al que le ofrecí la fundación de la Escuela […] con esta elección decisiva para quienes están aquí […] Puede haber allí una apuesta que, para algunos, valga hasta el punto de serles esencial, y es mi enseñanza»[1]. Es también en este escrito que Lacan propone que los AE testimonien ¿sobre qué? Sobre los problemas cruciales en los puntos vivos en que se encuentran para el análisis, en tanto ellos mismos están en la tarea, o al menos en la brecha de resolverlos[2]. Hoy el pase no es lo mismo que en aquellos años, cada ruptura de la enseñanza de Lacan y de la orientación de J.-A. Miller con respecto al pase pone en grandes aprietos a sus protagonistas, los confronta con lo aceptado.

No hay pase sin Escuela. Anna Aromí Folch dio su testimonio en México, en palabras de J.-A. Miller, «la más pura aspiración lacaniana, la del pase»[3]. Entre otras consecuencias, el pase como transformación de la Escuela y como Witz que alcance a los no iniciados. Tres años en ejercicio de un AE. Lacan anticipaba la frescura de la experiencia como el antídoto de la rutina y el olvido subrayando que la transmisión no puede hacerse esperar: tras el pase, el testimonio.

 

2. ¿Cómo escuchamos un testimonio de pase?

«Escuchar es ser tocado a distancia. El ritmo está vinculado con la vibración, y por eso la música convierte involuntariamente íntimos unos cuerpos yuxtapuestos»[4]. Resonancias, una experiencia sonora que toca el cuerpo de los oyentes, de la audiencia. Anna Aromí recortó unos cuantos significantes de su hystoria que parecían en su estructura hacer hablar el acontecimiento del cuerpo. Esos significantes que quedaban solos, desgarrados en su silencio, que abandonan las cadenas de sentido, perforados, infiltrados en los intersticios que topaban con el ombligo del sueño, sueños en plural que resistían a la palabra: restos. Un trozo de lectura: se resuelve a que sustituye en la cadena alienante del Ni-ni a Nana, donde queda aislada la letra N que emplaza para fijar su nombre a lo femenino, con las marcas propias de su hystoria: Ni-ni, Nana: Anna.

 

3. Anatomía de un despertar

Anna Aromí como AE no habló frente a nosotros como analizante. El AE es un analizado, pasado participio, tal como lo indica J.-A Miller en El lugar y el lazo. Ni analizante ni consagrado. «Si se quiere, calificar como analistas al analizado es un Witz, es un chiste de ruptura. Allí se consuma la ruptura con respecto del modo de admisión tradicional de las sociedades analíticas»[5]. Más bien, un interpretado, si puede decirse así, una interpretación que ha dado la Escuela. Conviene para los que escuchamos saber que no es una singularidad afamada que se sustente en lo que segrega. Nada más lejos del AE. Cada singularidad del AE hace avanzar la Escuela, la transforma: esforzarnos por extraer esas enseñanzas y amplificar sus resonancias.

Anna Aromí nos transmitió que el fin de análisis no cierra, es más bien encontrar una salida luego de vueltas y vueltas en círculo que dibuja el trayecto pulsional, ya con los significantes aislados, drenados de su mortificación, acogiendo el pase que extrajo el objeto de su análisis. Ni el final ni el testimonio cierran, ya no cierra porque el AE no desconoce lo real. Con el pase, elige un lazo a la Escuela. Y se extraen enseñanzas de eso que no cierra, en los puntos que eso desfallece.

Por primera vez escuchábamos un testimonio en nuestra Escuela, me conmocionó, un knocked, knocked de la puerta que hace un sueño para entrever lo que está en juego en el pase.

NOTAS

  1. Lacan, Jacques, «Proposición del 9 de octubre de 1967 en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós 2012. P.263
  2. Ibid., p.262
  3. Miller, Jacques-Alain, El lugar y el lazo, Buenos Aires, Paidós 2013.
  4. Ibid.,p.68
  5. Miller, Jacques Alain, El lugar y el lazo, Buenos Aires, Paidós, 2013., p.369

Fecha: 09/10/2014

 

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Agujero del saber, testimonio y transmisión, sobre la presentación del Testimonio

Agujero del saber, testimonio y transmisión

Los colegas que nos visitan dejan una gran variedad de huellas, en nuestra Escuela, en las historias subjetivas – marcas de formación. Pero, me remitiré hoy a las huellas –esas entre estas otras– que quedan plasmadas en nuestro Libro de Visitas, en el que pueden leerse los mensajes escritos de la pluma de los autores. Encontrarán allí diferentes estilos: los expresivos, los poéticos, algunos formales, otros más afectuosos -ningún estándar, sólo el hecho de que todos y cada uno de quienes han aceptado nuestra invitación, han confiado en el trabajo decidido de la NEL-México DF para dejar aquí sus semillas.
Foto: Ricardo Hernández

En el caso de Anna Aromí, lo particular de sus palabras, a mi modo de ver, es que llevan el sello de su acto, eso que escribió es eso mismo que hizo, un decir en acto. Textualmente: «Porque hay Escuela en México, doy testimonio!». Con esas palabras concluía nuestra Conversación de Escuela de aquel domingo, pronunciadas por mí pero retomando públicamente esos dichos que fueron en verdad de ella, durante una conversación en privado a su llegada al DF .

Su seminario del sábado cerraba el formato de las visitas internacionales de la Delegación México-DF, inaugurando el domingo con la Conversación de Escuela la historia «internacional» de nuestra Sede. ¡Qué mejor S1 que un testimonio de un AE! Una señal transferencial de reconocimiento al trabajo de la Delegación, y la contundencia de una apuesta por el trabajo futuro que ya se anuncia.

En febrero del 2012 había escuchado unas palabras muy parecidas, también extraídas de una conversación informal; esa vez fue Miquel Bassols. Dijo textualmente: «En México ya hay una Escuela en marcha» – visionario, captó el germen ya en ese entonces. Su mensaje del Libro de Visitas, termina con una frase de Freud que nos recuerda: «The struggle is not yet over» – la batalla aún no ha terminado. Y así lo asumimos, la batalla aún no ha terminado Y asumimos también que nunca acabará.

¿Cuál es nuestra batalla? Nuestra batalla es hacer existir el psicoanálisis, en México y en el mundo, y para eso, la causa es formar analistas, cada uno de nosotros y más, analistas capaces de dar vida a este discurso.

Para eso se necesitan trabajadores decididos, comprometidos con el psicoanálisis, y con la Escuela como causa. Anna Aromí atravesó el Atlántico, viajó dos días, para estar tres con nosotros. Y de regreso, esa misma semana volvió a cruzar el Atlántico nuevamente para trabajar con nuestros colegas de Curitiba – Brasil. Quienes estuvimos presentes en las actividades, seguramente hicimos un esfuerzo bastante menor.

La noche de hoy inaugura el ciclo de Noches de Escuela de la Sede NEL-Mx DF con esta perla, con la invitación a compartir y a conversar, y volver a hacer resonar en nosotros, entre los hoy presentes, los ecos de esa transmisión –qué pasó al escuchar ese testimonio- y debatir sus implicancias en la constitución de nuestra Sede que, aunque joven y vital, la anhelamos sólida y robusta. Así la proyectamos.

«Hay Escuela en México».

Es entre todos los presentes que la hacemos existir; si no están los cuerpos, ¿dónde está la Escuela? ¿quién la encarna? Las Noches de Escuela son un espacio nuclear de la formación en el que se pone en acto el lazo de cada uno con la Escuela. Hoy lo inauguramos en tanto Sede, con tres ponencias de lujo.

Para terminar esta introducción, quiero leer el texto de presentación de este espacio que escribió Gabriel Roel, de manera muy inspirada, a penas se avocó a la tarea de diseñar la convocatoria:
Foto: Gabriel Roel

«Se trata en la orientación lacaniana del bien decir de una experiencia. Aquella que se decanta de la singularidad analizante movilizada por el deseo del analista. Extraídas las determinaciones que goce y real anudan en su derrotero inconsciente. El acontecimiento de nuestra última Conversación de Escuela, primer testimonio de pase escuchado en nuestra sede, transmitido por Anna Aromí Folch, será el eje convocante. Sus ecos nos convocan a la conversación con el espíritu y la causa de la Escuela».

Sin duda, no se alcanza un bien-decir sin Escuela.

Viviana Berger

PD: lo más valioso, que aconteció durante, en medio y después, no es del orden de la transmisión virtual.

Foto: Ricardo Hernández

Fecha: 09/10/2014
Horario: 19:30 Hrs
Modalidad: Presencial
Lugar: Sede NEL Ciudad de México

 

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Ecos del IX Congreso de la AMP: Un real para el siglo XXI

Ecos del IX Congreso de la AMP: Un real para el siglo XXI

«En el siglo XXI se trata, para el psicoanálisis, de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y fuera de sentido. Lacan indica esa dirección con su noción de lo real tal como lo hace Freud con el concepto mítico de pulsión. El inconsciente lacaniano, el del último Lacan, está al nivel de lo real, vamos a decir por comodidad, «debajo» del inconsciente freudiano. De tal manera que, para entrar en el Siglo XXI, nuestra clínica deberá centrarse sobre el desbaratar la defensa, desordenar la defensa contra lo real».
J-A. Miller, Presentación del tema del IX Congreso de la AMP.

Una vez transcurrido el IX Congreso de la AMP: Un real para el siglo XXI, miembros, asociados y amigos de la NEL-México•DF nos reuniremos para conversar sobre la impronta sensible y epistémica que produjo tal acontecimiento. Con el interés por recuperar las resonancias y ecos de las plenarias y presentaciones de la jornada clínica, los invitamos a participar y a mantener vivo el espíritu de la Escuela.

Conversan:
Marcela Almanza, Viviana Berger, Eva Tentori y Aldo Ávila.

Modera: Diana Montes Caballero

Fecha: 29/11/2013
Horario: 19:30 Hrs
Modalidad: Presencial
Lugar: Sede NEL Ciudad de México